Fiction


Asher Benatar


Tuesday, November 30th, 2010


Cyclamen persicum

Asher Benatar


No fue por un sueño ni por misteriosas voces adheridas a las paredes. Simplemente una convicción que Gustavo recibió de repente, tal vez las hojas de su planta de interiores preferida reflejando una luz indecisa porque indeciso era el tiempo, que ahora sol brillante y más tarde un gris que llovía sobre los muebles de la sala como un polvo denso y de lento posarse. Se acercó al pedestal en el que se apoyaba la maceta y advirtió que las sombras se mecían ayudadas por la cortina blanca que también se mecía jugando con la luz. Supo que esa belleza que percibía se tornaba gozo y que ese gozo era casi insoportable. El mensaje estaba ahí, en el leve fucsia que anunciaba una flor. Algo que nace, algo que muere. Una tontería acuñada por la simpleza, pero  ya no fue posible eludir la certeza que comenzó a acosarlo: moriría cuando las últimas hojas de la planta atraparan el ocre que precede al olvido. Moriría cuando la planta muriera.

Desde ese momento se adhirió a ella (lástima no tener un libro de botánica, no saber su denominación científica), sintió milímetro a milímetro el fragor de su crecimiento, la sintió Gustavo, la cuidó cuidándose, bebió del cuenco con que él mismo volcaba el agua cotidiana, se alimentó con la luz del otoño, que a veces, en los días de tormenta, golpeaba las paredes con grises que le subían a la garganta como un sofoco. 

Fue alguien distinto del que había sido, y distinto lo supo  Natalia, que no se atrevía al diálogo porque estaban aquellos años de compañía y soledad, de adioses y reencuentros, de risas francas y dagas rondando su inevitable amenaza.  Hasta que Natalia habló. Y después del diálogo, el sonido del pestillo, y después del sonido del pestillo la soledad y su irrevocable silencio nada.

Se inclinó sobre la planta, entrecerró los ojos buscando sobreponerse a la incipiente presbicia y obtuvo la precisión de uno de los tallos, la felpilla verde que de tan iluminada casi desaparecía por el contraluz, la visión del ocre que nacía desde las cercanías de la raíz, que avanzaba, que lentamente subió por las hojas un día una noche un día y otra noche más hasta que la madrugada y su melancolía, hasta la noción de que ese color definitivo ya manchaba sus manos, subía, pasaba a los brazos, llegaba hasta su garganta, se hacía ahogo, alivio y luego simplemente ausencia.


*****


Daniela otra vez

Asher Benatar


Lástima no  haber conseguido pasaje en avión. En los aeropuertos es distinto, uno sube por la escalerilla y se desentiende, pero ahora, Sergio, en este momento, estás sentado del lado de la ventana de un ómnibus de Onda mientras Natalia, empequeñecida por la despedida, te mira desde abajo, desde el borde de esta modesta plaza de Montevideo a la que los cristales fumé inventan un casi anochecer. Ya se han dicho casi todas las palabras que integran la ortodoxia de las despedidas, ya te has ubicado en tu asiento buscando esa distancia que te tranquiliza aunque no demasiado porque quedan las miradas desarrollando su peligrosa misión francotiradora, por momentos perdidas, por momentos encontrándose, acarreando la incomodidad de saber que en el fondo ustedes ya no están y sin embargo siguen ahí, con los labios ejercitando la fatigante gimnasia de la sonrisa, con la pequeña tregua que te regala aquel pasajero desorientado al preguntarte por el número de su asiento. Son menos cinco, Sergio, y el ómnibus tiene que salir a las tres en punto. Ya falta poco.
  
Son y cuarto, Sergio, y el conductor todavía conversando y haciendo bromas, Natalia sigue abajo, el sol dibujando su contorno, los pies golpeando el piso y delatando un nerviosismo que el cuerpo y la mirada ignoran, porque está ahí, enhiesta como los pinos de Solanas del Mar, digna, y acaso sea esa dignidad lo que te irrita. Palpás los costados de tu chaqueta encontrando el tranquilizador volumen del atado de Moriscos, hacés una seña a Natalia y bajás del ómnibus. Ella te ha visto y ha corrido a tu encuentro y ahora está abrazándote en medio del gentío que se mueve alrededor, mirando de soslayo al conductor y deseando cualquier cosa: caminos inundados motor fundido, algún conflicto de límites, qué sé yo, aunque sea un día más. Y también en esta actitud te sentís incómodo, porque con su cabeza reclinada en tu hombro los ojos se desentienden pero los cuerpos no. Y entonces recurrís a las palabras, ¿tenés cigarrillos?, mentís la pregunta y mentís también la explicación, yo los olvidé en el hotel. Natalia saca de su bolso un arrugado paquete de Nevada, toma, guárdalos, yo después compro, dos cigarrillos, encendedor, Natalia inclinándose, bella, hoy más que otros días, tal vez la tristeza que parece sentarle tan bien, tal vez la sombra guardada en el  hueco de sus pómulos y en el hueco de su amargura, vos tratando de observarla a la distancia pero no pudiendo porque en estos setenta y cinco días se te hizo familiar, muchas cosas, pequeñas claves, incidentes que se recibieron de pasado, los rasgos de su respiración boca abajo, las tenues ojeras de la mañana planeando por sobre la taza de café, el cigarrillo sin filtro sufriendo entre los dedos, sus pies nerviosos calzándose kilómetros durante el sueño. Ella es un estallido, Sergio, alguien que quiso meterse en tu vida, meterte en su vida, y no pudo, alguien que ahora se escondería en el portaequipaje del ómnibus y viajaría como un polizón, pero por favor, orientalita, qué pocas aspiraciones, polizón de un ómnibus de Onda, yo te veo de otra manera, , y por suerte está esa frase que cierra la puerta del silencio y de la súplica callada, que da paso a lo que viene, a ver, te veo viajando en la turbina de un Concorde, o tal vez en el hueco del trombón de una orquesta del Queen Elizabeth, y ella ríe, halagada, por lo menos eso, los minutos pasando y el ómnibus que en algún maldito momento tendrá que salir. Ahora una pasajera de último momento está sentándose al lado del lugar que te corresponde. Es alta, ojos huyendo hacia las sienes y piel oscura, y Natalia que te mira con sonrisa cómplice, estás de suerte, seguro que ella también va a tomar el alíscafo para Buenos Aires, ¿piensas invitarla a salir?, por favor, qué tontería, se parece a Dolores del Río, ¿pero de dónde conocés a Dolores del Río, vos, mocosita, eso dejámelo a mí que te llevo, ¿cuántos?, y preguntás por preguntar, porque sabés, ¿veinticinco, treinta?, no, veintisiete, y el asunto de la edad te vino bárbaro, ah, Brecht y su distanciamiento, pero ella no da importancia a tu frase, ya se ha acostumbrado, docenas de veces suspiró resignada cuando hablabas sobre la brecha generacional, cuando levantabas el argumento como si fuera un escudo, y lo hiciste desde la primera vez, desde aquella tarde en la casa de antigüedades, caireles, bronces, acaso un lienzo veneciano comentando con trazos muy delicados la Plaza de San Marcos. Ella estaba ahí, pero no, por dios, no estaba, los rasgos de Natalia han cambiado, ojos de otro color, contorno más oval, cuerpo algo más fuerte, en la casa de antigüedades estaba Daniela, y  no hace setenta y cinco días sino cuatro años, Daniela y su alegría, Daniela y su carácter llano. Daniela amando tu amor por Schoenberg, siguiéndote, incondicional, respetando tus silencios, Daniela-muerta mientras Natalia-viva no te habla, está con vos, al lado del ómnibus, viajando en el abrazo, apoyando la cabeza en tu hombro, Natalia-viva mientras vos sentís una indefinida inquietud, la culpa que llega, puntual, como siempre desde aquel día en que Daniela-viva dijo me siento mal y vos sin deseos de luchar contra el sueño, sin deseos de reaccionar, atado por los cinco, seis o siete vodkas que tomaste en lo de Tita Blok, el sueño te arrastra, Daniela-todavía viva se acerca a la ventana, se toma la cabeza, te mira pero en ese momentos vos dejás de estar, sentís que te sumergís en algo, arena, lodo, algodón, sin sonidos, no sabés nada acerca del tiempo que ha pasado, hay  una punta de sol en el edificio de enfrente y  una punta de sol ilumina algo de la frente de Daniela-yéndose, contestame, pero Daniela-muerta no puede, ya no está, tal vez fue en el momento en que te dormiste, tal vez no, Daniela dando los primeros pasos en su muerte mientras Natalia no tiene culpa de nada, fuiste vos, sos vos, por momentos es como un sordo rencor que parte de tu mente hasta alcanzar tus dedos, tu cuerpo pesando por los Martinis o los vodkas mientras en Daniela está gestándose eso de lo que vos no la salvás. Y no es que puedas, quién puede saberlo, no, Natalia, vos no tenés  nada que ver, en todo caso te equivocaste, yo no soy para vos. Y la apartás suavemente y volvés a meterte en el ómnibus
  
Otra vez la frontera del vidrio, otra vez tu mirada buscando y eludiendo. De pronto Natalia yéndose, confundiendo sus vaqueros y su remera blanca entre la gente. De pronto vos contento porque al fin estás solo, tratando de abrigarte con el recuerdo de Daniela, Daniela y su dormir casi sonriente, distinto de la ausencia de aquella mañana, cuando la punta de sol actuaba como eficiente cuchillo, de pronto vos confundido porque Natalia se va y ante vos se presentan los treinta meses que pudiste vivir junto a Daniela-viva, paraíso perdido, noches navegando en la duermevela de su perfil, ella amando, a través de vos, todo lo que vos amabas: tardes-Bach, madrugadas Stendhal, algún Stroheim exhumado en la cinemateca. Qué poco hablaban, Sergio, las palabras, sabias, se hacían a un lado mientras junto a ustedes se creaba un lenguaje mudo, tal vez afecto, tal vez costumbre, tal vez algo más profundo que te llevaba a un lugar donde todo era más claro, donde todo se unía, el siseo de las páginas de tu libro, Jarret monologando, quizá las pieles encontrándose a la vuelta de una mirada.
  
Y vos, hace un rato contento, ahora inquieto porque Natalia no vuelve, Tal vez quiso saltearse los últimos tramos de la despedida, acaso no pudo soportar tu mirada elusiva y ausente. ¿Y qué pretendés? Es lógico. Durante estos setenta y cinco días no le diste más que tu figura borrosa, la inseguridad de un incógnito con el que buscabas tu propia seguridad. Lo dijiste con tono casual: ya sabemos nuestros nombres y algunas cosas sin importancia, ahora callemos lo demás. Claro, te convenía, querías preservar a Daniela, querías preservarte vos. Natalia aceptó el pacto, un pacto que vos dejaste de lado: transgresiones ocasionales, pidoganchos provocados por la penumbra y por el sanguíneo sonido del mar, algún recuerdo que se negaba con obstinación a permanecer en el olvido. Cuántas veces estuviste a punto de contarle todo, cuántas veces tu rostro se habrá colocado la mueca de un dolor incalculable, cuántos pedazos de verdad deben de haberse metido por la rendija de los diálogos, pero faltaba la clave, el secreto Natalia-trece siete de presión arterial mientras Daniela muerta, le diste fragmentos de tus señas particulares, contornos interrumpidos, volúmenes apenas esbozados, un murmullo casi inaudible en el que, de vez en vez, podía reconocerse una palabra, el jirón de una frase, la fugacidad de un temblor. Porque ella, de vos, sabe muy poco. Apenas tu nombre, tu profesión, algunos de tus amores: Proust, Brueghel, New York, las noches de niebla, tus peregrinos insomnios. Seguramente Rita Blok le habló de Daniela, de tu breve vida  junto a ella, de su breve vida junto a sí misma, de esa muerte que moriste mil veces a partir del momento en que se produjo. Te revolvés en tu asiento, molesto, ¿qué necesidad había de contarle lo de Daniela (Daniela y el hijo que tanto deseaba). Ya te hace mal pensarla. Hubo un tiempo en el que te aferrabas a algún oído piadoso y la reconstruías durante horas, centímetro a centímetro, madrugada a madrugada. Pero después llegó lo otro, el querer esculpirla a solas, las noches en que Daniela llenaba tu departamento con esa humareda triste y dulzona que conformaban ella y sus cosas: los cuadernos de francés, los dibujos de su mano inconsciente mientras hablaba por teléfono. Tiempo, resignación, mirar para adelante, recurrentes clichés que asomaban a los ojos de tus amigos y que finalizaban invariables con estas dos terribles palabras que se dicen así, como al descuido: todo continúa.  Y todo continuó. Y nada continuó. Sólo ella, Daniela, y la dulce mentira de una imagen tan real como inventada. En algún momento estuviste tentado de contar a Natalia todo esto, pero las palabras te fatigaban aun antes de iniciar la dura cuesta del sonido. Y en lugar de recorrerla preferiste callar. Pero esperá un momento, Sergio, pará con todo esto, allí vuelve Natalia, el pelo sobre la cara, la expresión de ansiedad tornándose en alivio al advertir que el ómnibus todavía  no ha partido. Trae algo en la mano, un libro, conocés la cubierta, Razón de amor, Pedro Salinas, maldito sea, vos también lo amaste, hace ya tanto, hace ya tanto de tantas cosas, qué joven fui alguna vez, qué joven parece sentirte Natalia cuando te muestra una de las páginas y te señala unos versos apretados contra el vidrio: tan sólo por una muerte tiene salida la o. La o, la disyuntiva, entonces sabe lo de Daniela, querés seguir leyendo pero no lo necesitás, a pesar del tiempo transcurrido recordás casi de memoria el poema, además, sentís la mirada curiosa del hombre que está sentado en la butaca de adelante como si fuera una violación de correspondencia, sordo rencor que va creciendo y que sólo podría aliviarse con un golpe, un grito, tomarlo por las solapas y decirle que todo esto es tuyo, el libro, el momento, Natalia-viva, Daniela-muerta, y también la muerte que tan sólo tiene salida por la o. Y entonces le hacés señas a Natalia para que se acerque a la puerta. Los dos cuerpos, el de ella afuera y el tuyo adentro, avanzan hasta que Natalia se detiene y señala algo en el vidrio de una ventanilla: la superficie herida, tal vez una pedrada, la filosa y complicada telaraña donde algunos destellos se posan y se quedan, la cara de Natalia surcada por esas nervaduras. Vos también te detenés y sentís algo así como un estremecimiento, porque ella está haciendo lo que habrías hecho vos, recurrente esteta, si en tu mente no bulleran tantas cosas. Natalia-viva entrecierra los ojos para poner en foco a vos y al dibujo del vidrio, los percibe como si fueran una unidad (quién puede saberlo, aleatoriedad de los símbolos, acaso tu imagen empequeñecida, o tu imagen hecha añicos, en una de ésas simplemente la belleza encontrada en el dibujo), luego va abriendo los ojos y son tus rasgos los que se presentan ante ella con la definición buscada. Y te retirás del lugar, porque ese pequeño  incidente trae hasta vos los ecos de una ausencia anterior (¿era ausencia? ¿Qué necesidad tenés de matar?, tan luego vos, taxidermista?). Porque Daniela-(muerta buscándote en tantas cosas) nunca habría hecho esto, ella estaba alejada de tales sutilezas, lejos de vos y sin embargo tan cerca. Pero no, no podés seguir pensando así, si por lo menos Natalia no fuera lo que es, si no vibrara a tu compás, si no jadeara tus mismas excitaciones, todo sería más fácil, no habría traición. Y continuás la marcha, te acercás a la puerta, bajás, tomás el libro y  la abrazás y la besás mientras la gente te mira hostilmente, como si vos tuvieras la culpa del retraso del ómnibus, sin entender esa efusividad que nace al pie de un medio de transporte tan poco afín con las lágrimas y los abandonos. Porque eso es lo que está ocurriendo: te vas. Ella  no quiere darse cuenta, actúa como si el regreso estuviera concertado, pero nadie habló de regreso, ciervito de Punta del Este, uruguayita de ojos transparente, temblor sin vísperas, me estoy yendo, fueron setenta y cinco días desde aquel encuentro en la casa de antigüedades, el guerrero de bronces, esbelto, músculos brillantes, mirada aguda que parecía mirarte a vos, Natalia, que nunca estuviste allí, iluminada por el quinqué, ni Daniela apareció viniendo del mar, los pies lanzando fugaces chispas de agua en medio de esa tarde plomiza que se llamó Natalia-viva, ya ni podés ubicar los nombres, mañana húmeda, una densa pared de niebla sin ventanas cercando Punta Ballenas y estableciendo algo así como el fin del mar, un fondo contra el que no se recortaba Daniela-muerta pero Natalia sí. Y todo fue un plan de Rita Blok, seguro, haciendo las presentaciones de esa manera casual tan propia de ella y dejándolos solos con un pretexto cualquiera. Un plan en el que vos no estabas involucrada, uruguayita, no quiero ser injusto, vos no podrías, odiás las agendas, los relojes adosados a la muñeca de los otros, no, pequeño gato colérico y temperamental, vos sos completamente inocente, fue Rita, tan amiga de Daniela y sin embargo tan buscadora de su olvido. Ahora estás recordando a Natalia, Sergio, la tenés en tus brazos pero preferís recordarla, camina a tu lado a la orilla del mar, apenas un nombre y una camisa anudada a las caderas, Natalia-viva hablándote de tú con ese cantito que le queda tan bien a los uruguayos, Natalia-viva, esbelto animalito cimbreante que llegó hasta vos y se quedó durante los setenta y cinco días que ahora terminan. La viste como una botella flotando en el mar, grávida, con un mensaje que no quisiste leer, que tampoco ahora querés leer, aunque por momentos doblás la mirada, la hacés furtiva y percibís palabras  inconexas a las que podés descifrar aunque para qué. Daniela-muerta (y el hijo que le negaste semana a semana, mes a mes, vaivenes de los conceptos, provisionalidad provisional que pasó a ser decisión definitiva por el mero hecho de su muerte, tal vez fue miedo, tal vez egoísmo, qué importa ya, en todo caso una categoría moral que te asquea, te ata) está aquí, a tu lado, para qué amordazarla con la presión de este abrazo con que te envuelve Natalia-viva, oficiante de este rito inútil, setenta y cinco días en la casa de Solanas que te prestó Rita, graciosa celestina venal, una jugarreta, pero ahora con tu anuencia, porque no te negaste, porque te dejaste llevar, porque el tú  y el cantito de Natalia, porque traspasar las fronteras de la Argentina siempre te tranquilizó, un salvoconducto, una licencia, 007, licencia para matar un recuerdo o por lo menos amordazarlo. No te negaste, Sergio, la casa era hermosa, lo es, una especie de monje blanco encaramado a una loma y árboles altísimos copiando la verticalidad de Natalia, Natalia y el cálido crujir  de las tostadas por las mañanas, Natalia escuchando a Lipati y sintiendo lo mismo que vos, qué bien calla, qué bien callabas, Natalia, conferenciante del silencio, qué profundidad en esa mirada que tan pronto merodeaba por el llanto o se clavaba en el berrinche o vagabundeaba por una añoranza brumosa de cigarrillos y ginebra. Porque eso es Natalia, Natalia-viva, Natalia visperante de muerte, una pequeño fiera colérica que anoche destrozaba plato a plata la vajilla de Rita y que ahora, en esta horrible Terminal de Onda de Montevideo, te abraza y llora delante de todo el mundo, olvidada de sus felinos pudores (soy como los gatos, ellos siempre se esconden, defienden su intimidad), se separa, aspira una bocanada de humo de su cigarrillo y busca tu boca con avidez, te besa, pugna con su lengua tratando de violar la decisión cerrada de tus labios y te vence, vos y tu complicidad, y te llena con su aliento, se mete dentro de vos viajando en el humo, entra en tu pensamiento y ya no va a salir nunca más. Todo esto también te ata, cordón suave, sedoso, acariciando tu cuello con una excitación casi húmeda. Cordón suave, sedoso, húmedo, al que pretendés romper con un movimiento brusco, con una frase seca e hiriente. Natalia-viva, Natalia-todavía viva te mira, azorada.

Felicitaciones, Sergio, lograste lo que querías. Natalia se va.

  

El conductor cierra la puerta y prueba el acelerador. Natalia se mezcla entre la gente, remera blanca y vivo azul, y vos no podés hacer otra cosa que seguirla con la mirada, paralizado, haciendo equilibrio en la o de Pedro Salinas, tratando de retrasar la muerte encerrada en esa letra, sintiendo que el ómnibus comienza lentamente a desplazarse. Hasta que algo llega, un impulso brumoso, un deseo de retrasar la partida, de quedarte para siempre con Natalia dentro de esa despedida, y te incorporás, empujando a Dolores del Río que te mira con más asombro que indignación, te lanzás por el pasillo farfullando algo al conductor que detiene el vehículo y te abre el camino hacia Natalia, gaviota de Punta del Este, fino segmento vertical que tu mirada no pierde. Apurás la marcha, está al alcance de tu voz, gritás pero no mucho, y esa marcha y ese grito son como un cuchillo abriendo un canal en el recuerdo de Daniela, un canal por el que se cuela un viento  helado que llega hasta vos dejándote aterido. A tu lado se mueven cosas, una carroza destartalada y un ataúd desgoznado, Daniela y su segundo funeral sin cortejo, porque aquella vez te fuiste, la dejaste sola, murió. Y te detenés, vencido, y volvés a correr pero ahora en dirección contraria, decidiendo estrellarte contra la enorme mole de otro Onda que venía retrasado y que te destroza, a las tres y media de la tarde, mientras no muy lejos, remera blanca y vivo azul, Natalia  no sabe nada, se marcha, vertical, como los pinos de Solanas.

  


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Tuesday, March 23rd, 2010


Frondosidad de Sebastián
Asher Benatar

 

Nunca imaginó que Velasco pudiera estar tan bien informado. Exhibía estadísticas, informes, cartas presuntamente secretas que debilitaban la propuesta de Sebastián dejándolo en una situación difícil. Por eso, cuando llegó su turno, paseó la vista a lo largo de la mesa ovalada y supo que estaba al borde de quedar en minoría. Comenzó a hablar pausadamente, no por tranquilidad sino para ganar tiempo, para encontrar los argumentos adecuados que convencieran a esas seis personas de que la gestión por él desarrollada al frente de la compañía no había sido imprudente ni arriesgada y que aquellas inversiones tan discutidas iban a constituirse, al cabo de pocos años, en el instrumento para quedarse con buena parte del mercado sudamericano. Empezó bien, y acaso habría podido dar vuelta la situación de no ser por aquella molestia que sintió en el hombro obligándolo a investigar por debajo de cuello de la camisa. Palpó algo extraño, delgado y suave, una pequeña excrecencia que se doblaba ante la presión de los dedos y que sólo provocaba dolor ante los cautelosos intentos de Sebastián por arrancarla. Inquieto ante esa novedad de su cuerpo, perdió el camino de la argumentación, repitió conceptos, no supo convencer.  Castelnuovo, el único de los miembros del directorio que lo apoyaba, parecía instarlo con el gesto. Celasco y  Ferrer mantenían su expresión neutra, sin ceder a la tentación de una sonrisa irónica. Sebastián trató de olvidar su inquietud pero no pudo. Sus palabras, habitualmente apasionadas y llenas de fuerza, se tornaron anodinas, carentes de garra. Aun Castelnuovo, tan entusiasta y lleno de adhesión durante todo aquel tiempo de negociaciones secretas, dudó antes de emitir el único voto favorable a Sebastián.

-Como comprenderás, querido Arocena –dijo Celasco, dirigiéndose a Sebastián- ya no podés seguir dirigiendo la compañía.
-De esta manera tampoco me interesa –respondió Sebastián, mientras seguía hurgando en aquella presencia que su cuerpo había inaugurado-. Supongo que lo lógico es que ustedes compren mi parte. Si esas inversiones en el norte  no se hacen, yo no puedo seguir en la empresa.
-Está bien –intervino Ferrer-, ¿por qué entonces no lo discutimos ahora?
-Prefiero en otro momento –respondió Sebastián, más interesado en su cuello que en las consecuencias de la votación-. Cuando estemos más tranquilos.

Tomó su portafolios y se fue. Castelnuovo lo miraba, atónito.

 Se quitó la camisa ubicándose frente al espejo del botiquín. Moviendo los planos del tríptico, buscó aquello que tanto lo había preocupado durante la reunión de directorio. Asombrado, descubrió la presencia de una pequeña hoja que crecía debajo de su hombro, un brote de lozano color verde. Evaluó la textura encontrándola suave, parecida a una de las plantas que se deslizaban en cascada desde el balcón de su dormitorio. Intentó arrancarla pero se vio obligado a detenerse ante el intenso dolor que cubrió buena parte de su espalda. Era tal la sorpresa que casi no quedó lugar para el miedo. Llamó por teléfono a su médico y en ese momento sí, con cierto retraso, llegó al nerviosismo, las manos húmedas, el tono impaciente y casi violento con que exigió a su amigo que pospusiera otros compromisos y lo atendiera en pocos minutos. No explicó el motivo de la consulta. A cuatro kilómetros de distancia era ridículo contar algo tan ridículo y que acaso Carlos tomaría como una broma. Recorrió el trecho que lo separaba del consultorio violando luces rojas y aterrorizando peatones. Estacionó el auto junto a una ochava y no tuvo paciencia para esperar el ascensor, empecinadamente detenido en algún piso. Entró jadeando, quitándose el saco y la camisa casi antes de saludar a Carlos que lo miraba sorprendido. Exhibió su espalda y esperó. Carlos no dijo una palabra, cosa bastante rara en él, siempre exultante y bromista. Durante largos minutos examinó la hoja con una enorme lupa, oliéndola, raspándola por medio de un bisturí.

-¿Y? –preguntó Sebastián, impaciente.
-Estoy confundido, no sé qué decirte.
-Por favor Carlos, vine aquí precisamente para que me dijeras algo. Vos sos médico.
-Lo lamento, Sebastián, ésta es la primera vez que me encuentro con algo así. Lo único que podemos hacer es una radiografía y un análisis. Voy a cortar un poco de la  hoja y del tallo y ahora mismo lo mandamos al laboratorio. El director es amigo mío, de manera que si tenemos suerte podremos contar con el resultado dentro de unas horas. Vení, acostate en la camilla.

   -¿No podés extirparla?
   -No, por lo menos hasta que no sepamos qué es.

Protegido por la anestesia no sintió dolor, pero advirtió que su ansiedad iba en aumento. Por primera vez en tantos años salió del consultorio de Carlos sin sentir alivio ante alguna de las enfermedades imaginarias que lo acosaban. Al explicar su situación ante la guardia del Centro de Diagnóstico, consiguió que le tomaran una radiografía en ese momento.

-¿Y, doctor? –acosaba a cada instante al encargado de radiología.
-Tiene que esperar unos instantes. Estamos revelándola.

Cuando por fin le entregaron el sobre, se dirigió velozmente al consultorio de Carlos. No se atrevió a leer el  informe del médico, necesitaba la palabra del amigo, necesitaba que alguien estuviera cerca en el momento de la verdad.
-¿Qué ocurrió con el análisis –preguntó a Carlos, mientras le tendía la radiografía.
-Están en eso, no te impacientes.

Colocó la placa sobre el visor y la observó durante varios minutos. Luego se quitó lo anteojos, tardando en hablar. Parecía perplejo.

-Es algo muy raro, Sebastián. Son cientos de conductos que están desplazándose internamente y que se dirige a la piel. Hasta ahora llegó uno solo, la hojita que tenés en el hombro.
-¿Quiere decir que pueden aparecer otras?
-No puedo mentirte –contestó Carlos  a su pesar-, muchas, más de lo que podés imaginarte. De acuerdo con los resultados del análisis vamos a saber si podemos extirparlas o no, pero tampoco quiero actuar por cuenta propia. Me gustaría hacer una consulta.

Quedaron en silencio. Sebastián recordó su cita con Liliana pero no tuvo fuerzas para llamarla. Cómo contarle aquello que por encima de su gravedad lo llenaba de vergüenza. Atrás, muy atrás, empequeñecido, quedaba el recuerdo de la reunión de directorio, el triunfo de Celasco, la alegría de Ferrer. Miró sus manos buscando nuevos brotes pero las encontró limpias. Como a través de un muro llegaba la voz de Carlos, amortiguada, aunque luciendo su definida piedad, la risa forzada con la que pretendió animarlo y alguna que otra broma dicha sin mucha convicción y que a Sebastián no interesaba.  El sonido del teléfono los sobresaltó. Atendió Carlos, la voz grave y el gesto también. Escuchó durante unos instantes  y luego cortó.

-Aparentemente es un vegetal con todas sus características.
-¿Qué vegetal? –la voz de Sebastián sonaba temblorosa.
-No lo saben.  Tienen que consultar con un experto en botánica. Dentro de una semana podremos tener un panorama más completo.
-Y hasta tanto, ¿qué hago yo?
-No lo sé, Sebastián, y te aseguro que lo siento.

 

Llegó a la casa. En el contestador automático habían quedado grabados varios mensajes de Liliana a los que no quiso responder. Se metió en la cama, buscando un descanso que lo eludió hasta la madrugada.  Aun dormido, palpaba su cuerpo buscando aquel alucinante sembradío vaticinado por Carlos, se ahogaba, fiebre, jadeos, pesadillas que rezumaban bienestar ante el cotejo con la realidad que lo esperaba sueño afuera, los brotes apareciendo, cubriéndolo con ese verde tan joven de la  hoja naciente, con ese color tan alegre, tan lleno de naturaleza y de lenguaje vital.

Durante dos días y dos noches permaneció en la oscuridad, acostado, los brazos separados del cuerpo para evitar, en aquellos momentos de vigilia y guardia en alto, verificar su piel y acaso encontrarse cubierto por una profusa germinación. No tuvo ánimo para probar bocado, pero aunque eso no ocurriera, tampoco se habría atrevido a ir a la cocina, con sus ventanas que daban al jardín y los azulejos claros multiplicando la luz hasta tornarla hiriente. Sed era lo que sentía. Varias veces al día, tanteando en la oscuridad, llegaba hasta el baño y se inclinaba para alcanzar el grifo, bebiendo durante interminables minutos. Luego, siempre sin encender la luz, llegaba hasta la cama, tratando de separar los muslos y no advertir algunas de las muchas protuberancias que debían estar creciendo y que él se negaba a ver.

Liliana había llamado a la puerta varias veces, la conocía por sus timbrazos breves y continuos, pero Sebastián no se había atrevido a abrirle. Ya llegaría el momento de explicarle todo cuando la enfermedad pasara, cuando no existiera posibilidad de provocar la repulsión de aquella mujer encantadora que ahora lo acosaba con sus visitas y con sus insistentes llamados telefónicos. Miró hacia la ventana. En la parte superior de la persiana había dos juntas que no cerraban totalmente, dejando pasar la noción de un día soleado y encendido de calor. Y en ese momento se dio cuenta de otra cosa que llamó su atención: el acondicionador de aire estaba desconectado y Sebastián, precisamente él, tan temeroso del verano, tan propenso a la camisa húmeda por el sudor, no había sentido la necesidad de hacerlo funcionar. De pronto sintió urgencia por verse, por saber si Carlos no se había equivocado en sus predicciones. Se levantó de la cama tratando de dar velocidad a su cuerpo pero sintió una pesadez que lo obligó a desplazarse con lentitud. Claro, pensó, son todos estos días sin comer ni moverme, debo de  estar débil. Levantó con dificultad las persianas y se sintió atacado por la dura claridad del mes de enero. Tratando de retrasar el momento de la verdad, se acercó de a poco al espejo y se buscó dentro de él. No pudo ahogar el grito que la visión pareció empujar. Adentro de aquel rectángulo, desnudo, estaba él, Sebastián Arocena, alguien que hasta hacía poco era el Presidente de la Compañía Argentina de Ultramar, alguien que hasta hacía pocos días iba a comenzar a convivir con Liliana y que ahora  no era nada más que un cuerpo cubierto de brotes. Le falto el aire. Se acercó a la ventana y la abrió. En la casa de al lado los chicos retozaban junto a la piscina. Seguramente era un día de mucho calor pero él no lo advertía. Miró su pecho, cubierto por multitud de infantiles hojas verdes que pugnaban por crecer, y ahora sí, ante la luminosidad de aquella hora de la siesta, pudo examinarlas: tallos delicados, coronados muchos de ellos por la hoja enrollada y  naciente. Otra vez volvió a tirar de ellas y otra vez sintió ese dolor punzante que lo obligó a renunciar. Pero, ¿qué diablos pasaba con Carlos, cómo no se había interesado por su salud después de la consulta del martes? Tal vez algunos de los llamados telefónicos desdeñados eran de él, pero aún así, ¿cómo no había ido a visitarlo, a darle ánimos? Marcó el número de la casa de su amigo. Atendió Silvia, titubeante la voz, como con pena por lo que su marido ya le habría contado. El tono de Carlos no fue más esperanzador: que en el laboratorio no tenían novedades, que los profesores de la facultad no se explicaban aquel fenómeno, que habían consultado con varias universidades de Europa y de los Estados Unidos pero que nadie tenía el menor indicio. Sebastián escuchaba todo en silencio. Musitó un sonido ininteligible, no desprovisto de rencor, y cortó. Desde la casa de al lado se oían los gritos alegres de quienes se bañaban en la piscina, gente de piel bronceada y lisa, sin aquellos brotes que amenazaban convertirse en follaje, sin esa rigidez que hora a hora trepaba por los miembros de Sebastián en busca de la cintura. De pronto dio un paso al costado, ocultándose. Liliana había detenido su auto junto a la casa, bajaba y dirigía su mirada hacia el primer piso, seguramente buscándolo, tal vez extrañada por la ventana ahora abierta mientras los días anteriores completamente cerrada. Se acercó a la puerta de rejas e hizo funcionar el timbre. Los tres sonidos cortos y secos de siempre se habían convertido en una larga y nerviosa súplica que hirió los oídos de Sebastián, que golpeó en las puertas de su remordimiento, que le  hizo pensar si al fin de cuentas no sería mejor acercarse a la ventana y dar un grito y animarse al llanto que estaba debiéndose a sí mismo desde el momento en que Celasco, su Brutus privado, aquel mediocre empleado administrativo al que Sebastián había jerarquizado, forzó aquella reunión de directorio que pareció  inaugurar la desdicha.  Cansada de esperar, Liliana abrió la verja del jardín y cruzó el camino de lajas. Otra vez el timbre, otra vez su insistente pedido de auxilio. Hermosa ayuda podía prestar Sebastián en esas condiciones. Después de un largo rato, Liliana volvió sobre sus pasos y se dispuso a entrar en el auto. En ese momento Sebastián fue consciente del peligro que la desesperación de Liliana podía acarrear: policías, periodistas, escándalo, vergüenza. Y entonces sí, gritó. Fue un sonido inseguro que parecía dividirse en varios temas distintos. Lo hizo ocultándose detrás de las cortinas, provocando la mirada alegre y asombrada de Liliana, su carrera hasta ubicarse debajo del balcón del escritorio.

-Liliana, estoy aquí, no te asustes.
-Dejame entrar –respondió ella-. Quise abrir la puerta pero está puesta  la tranca.
-No, por favor, necesito estar solo, es por unos días, nada más.
-No te entiendo –dijo secamente Liliana.
-Ya voy a contarte todo –respondió Sebastián, luchando contra la tentación de salir al balcón y mostrar su infortunio-. No pienses nada raro.
-No me queda otro remedio que pensar cosas raras, Sebastián.

La sombra de su cara se transformó en otra cosa, o en otras, en tristeza, en indignación, en la certidumbre de que todo aquel futuro planeado con alegría ahora se diluía dejando en su lugar la evidencia de una deslealtad. Dio media vuelta y se fue, duros los pasos, definitiva su mirada al frente. Sebastián se reclinó sobre la cama y dejó en libertad el llanto pendiente, la pena por Liliana, por Carla, su hija, que seguramente debía de estar llamándolo para que cumpliera con la promesa de llevarla al circo, pena por él mismo, amarrado a un cuerpo que continuaba con la inercia de las convulsiones pero que retaceaba las lágrimas, como si la humedad que tanto necesitaba se hubiera consumido. Agotado por el cansancio y ya resignado a la suerte, se acostó, sin importarle la ventana ni la brillante luz que ponía al descubierto su enfermedad.

Durante las semanas siguientes, el follaje de su cuerpo fue haciéndose más denso. Acentuando su tamaño y suplantando el verde pálido por un color más brillante, casi adolescente, las hojas taparon aquel cuerpo entregado, lo abrazaron con una frescura cercana al aterimiento, la rigidez de los miembros fue agudizándose y la piel se cubrió con una corteza amarronada y quebradiza. De los hombros y del cuello comenzaron a crecer frágiles ramas que le impedían apoyar la cabeza en la almohada, porque al hacerlo se doblaban provocando un dolor insoportable.  Con gran dificultad arrastró hasta el dormitorio la hamaca vienesa y se sentó en ella, intuyendo que ya nada podría mejorar su situación. Un día, después de largos y penosos esfuerzos para desplazarse hasta la cocina y beber sus interminables jarras de agua, descubrió que no podía sentarse, porque al tratar de hacerlo todo su cuerpo se conmovía con chasquidos quebradizos. Tampoco podía apoyarse contra la pared porque las ramas se doblaban invocando al dolor. El teléfono continuaba sonando sin que Sebastián sintiera la tentación de atenderlo. Tal vez fuera Carla o Liliana, pero qué decirles, cómo hacerlas participar de esa angustia que a fuerza de convivir con él ya le resultaba familiar. Estaba solo y así debía continuar, estaba solo y así debía terminar.

Aquella noche, aprovechando la oscuridad, bajó las escaleras dirigiéndose hacia el vestíbulo. Durante el descenso algunas ramas cayeron dejando rastros de dolor y de sangre incolora. Llegó hasta el enorme portón y lo abrió con dificultad, percibiendo el sonido de la ramazón rota como si fuera una implacable huella sonora. Una vez afuera, se dio al cielo cubierto, al viento que empujaba las hojas, al aviso de la lluvia representado por el frío destello del relámpago, Respiró hasta llenarse de ese olor latente que la tierra iba anticipando ante el presentimiento de la tormenta. Oblicuo por el temporal, miró el parque y eligió su lugar definitivo, equidistante entre el tilo y el limonero. Mucho tardó en llegar; las piernas endurecidas por la corteza que las cubría, la debilidad que había traído consigo el encierro. Como no podía inclinarse para utilizar sus manos, comenzó a escarbar con los pies. Piadosa, la lluvia acudió en su ayuda,  ablandando la tierra y haciendo que aquel último intento por afincarse fuera una tarea fácil, casi dulce. Hundió las raíces que emergían de sus tobillos y esperó a que la tormenta le acercara el montículo levantado a su alrededor, afirmando de ese modo la verticalidad que Sebastián buscaba con desesperación. Sintió alivio, ya no tenía conciencia de sus manos ni de su boca, acaso ahogada por las  hojas verdes que recibían jubilosamente a la lluvia. Supo que ya no era Sebastián Arocena y por primera vez en esos dos largos meses durmió, firme y enhiesto, presintiendo la madrugada, el cielo límpido después de la lluvia, los pájaros, que seguramente harían sus nidos en las ramas más fuertes.


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Tuesday, February 9th, 2010


Las serpientes de Axel

Asher Benatar

 

Retrocedió para apreciarla mejor. Semanas y semanas retocándola por sectores, agregando a la armadura pequeñas mujeres crueles y desnudas, dando forma a monstruos metidos en la piel de otros monstruos más protagonistas, enriqueciendo la textura del laberinto de dragones que partía del yelmo. Tuvo ganas de pintar algunas venas en el  caballo rampante pero desistió, se sintió fatigado, necesitaba darla por terminada, salir de ese universo que llenaba el cuadro y llenaba su sueño. Como otras veces, recurrió a la firma, la forma en que se obligaba a finalizar una pintura. Axel, así, sin apellido. Algo más tranquilo, recurrió a su entrañable vodka pero advirtió que ya no quedaba una gota. Buscó en el armario y encontró una vieja botella de licor de huevo que alguien había olvidado. Bebió pero al instante sintió arcadas. Pensó en Guido. Si él quisiera atenderlo, si aceptara  recorrer el breve trecho que separaba a los dos estudios y advirtiera que de su vieja influencia de viejo maestro ya no quedaba la menor de las viejas pinceladas. Porque la prueba estaba ahí, en el trazo, en la textura, en los colores oscuros, tanto que obligaban a que sus últimas telas tuvieran una luz muy intensa para poder ser apreciadas. Salió al pasillo. Hacía frío, pero no lo sintió. Se decidió a golpear a la puerta. Por suerte atendió Guido, al que ya no quedaba la menor posibilidad de eludirlo. Seco, distante. Axel decidió contarle sus logros: que sus pinturas no mostraban la menor influencia de quien le había enseñado todo, que por fin era él, él solo, él sin Guido, que con desgano dejó de lado el desprecio con que había golpeado a Axel en los últimos meses y recorrió los fríos pasillos de esa antigua fábrica que ahora, reformada,  reunía a decenas de pintores. Benévolo, trató de que el encuentro no fuera tenso y dedicó algunos elogios a los muebles antiguos que su ex alumno había incorporado. Axel casi no hizo caso. No eran los muebles lo que le interesaba. Lo importante estaba a los costados del estudio, las telas, ubicadas contra fondos adecuados, con lámparas que las iluminaban a pleno, todo como si Axel hubiera decidido vestirlas para una fiesta.  No quería demostrar su impaciencia pero fue inútil. Casi arrastró a Guido hacia esa exposición particular que durante semanas, casi sin darse cuenta (o dándose, para el caso era lo mismo), había preparado con un solo objetivo: conocer la opinión de su antiguo maestro, obtener su aprobación, saber que Guido sabía que Axel había dejado de lado influencias y que ahora inauguraba otro lenguaje, esta vez propio. Guido recorrió uno a uno los cuadros, observándolos con atención y respeto. Por fin, después de un tiempo que a Axel pareció interminable, Guido se sentó en uno de los sillones y encendió un habano. Los movimientos lentos, la aspiración profunda, el humo que llenó el lugar con su perfume dulzón. Aquello era el tiempo, se dijo después Axel, el tiempo en su más pura acepción, un tiempo despojado de toda mensura, un tiempo renegando de las agujas y los cuadrantes pero al mismo tiempo reafirmando su presencia. No quería incursionar en el que te pareció, infamante declinación que llevaba dentro de sí una respuesta desalentadora. Guido, acaso cruel, habló del país, de leyes de protección a los artistas plásticos que nunca habrían de ser votadas por el Congreso, le contó su última pasión por una chiquilina varias décadas menor que él, se refirió al persistente catarro que no lo abandonaba porque claro, tengo que dejar de fumar, los habanos son tan perjudiciales como los cigarrillos. Hacía frío, pero Axel sentía el sudor que caía por su cuello llegando hasta los hombros. De pronto sintió que la pregunta le subía por el pecho, le tomaba de los labios, bueno, estoy esperando tu opinión. Y la frase, que encerraba sumisión, le dolió, era como si todo su esfuerzo se hiciera nada.  Guido quedó callado durante unos instantes y con el gesto invitó a Axel a que lo siguiera. Entraron al estudio, enorme, armonioso, las pinturas desarrollando una amistad entrañable con el lugar. Subieron hasta un entrepiso donde, ordenada con el mayor cuidado, estaba parte de la obra de Guido. Cientos. Sin vacilar, Guido se dirigió hacia un costado de la estantería y eligió una docena de cuadros que luego mostró a Axel. Allí estaba todo lo que a Axel le había costado meses de soledad, de cigarrillos y de vodka. Los mismos dragones, las mismas armaduras, los mismos yelmos empenachados, las mismas lanzas que apuntaban hacia cielos oscuros donde las capas de bermellón, de índigo, de fucsias y de tantos otros colores conformaban un atardecer estremecedor. Allí estaban las espadas cargadas de destellos, los guantes metálicos, los dragones de muchas lenguas y de muchos fuegos. Allí estaba también el caballo rampante y la vena nerviosa que él había desistido de agregar. Jadeante, el sudor insistiendo, analizó docenas de pinturas que él nunca había visto, repasó sus años de búsqueda, sus circulares insomnios en los que pretendía atrapar el trazo y el color,  el único trazo y el único color que lo separaría de Guido. No pudo soportarlo. Sin siquiera saludar, salió del estudio casi huyendo.

Canceló la exposición. Sabía que no teniendo un nombre que gravitara, la decisión era más que peligrosa, sabía que los galeristas se enteran de todo y que su nombre iba a integrar un index  irrevocable, pero no pudo hacer otra cosa. Se encerró en su estudio, más cigarrillos, más vodka, de tanto en tanto más llanto. Encontró algo, serpientes, serpientes con cuernos, con coronas de espinas, con ballestas, con profundas vaginas por las que entraban otras serpientes, serpientes crucificadas, ahorcadas, serpientes dibujando cabelleras sinuosas sobre medusas que las exhibían con gesto de orgullo. Sí, allí estaba el tema que Guido nunca abordara. Lo había descubierto aquella noche, tenía dentro de su mente, uno por uno, los cientos de cuadros que en ese lugar se guardaban. Allí estaba el alma de lo distinto,  en las pinceladas, en la luz, que fueron irradiando las telas y que parecía hacer redundantes a las cien bujías de cada lámpara. La botella otra vez vacía. Se inclinó y fue bebiendo los breves restos de las muchas que había en el suelo. Necesitaba un cigarrillo pero el paquete también vacío. Lo necesitaba ahora, no podía esperar hasta llegar al kiosco ubicado a tres cuadras. Hurgó en los ceniceros recurriendo a los puchos, corrigió su ensañado aplastamiento y fue devorándolos uno a uno, súbitamente eufórico, riendo, aplaudiéndose a sí mismo, saltando por entre las botellas y cayéndose sin que el dolor, que existía, llegara a su cuerpo. Fue hasta el armario y tomó la botella de licor de huevo. Bebió. Ahora no le pareció tan repugnante. Los cuadros, poco a poco, se iban, se iban. Y el también.

Nadie supo cómo pudo convencer a Estela de que olvidara la defección de hacía unos meses. Quizá los ojos febriles, la manera en que tomaba sus cuadros para ponerlos a la consideración de la galerista, la intensidad con que  aprisionó su cintura mientras ella lo dejó hacer.

Tal vez más gente que la prevista. Claro, el incidente se había comentado  y entonces la curiosidad por ver a aquel hombre cargado de alcohol y de fiebre que se movía sin siquiera escuchar los elogios de la gente porque la gente no le interesaba, porque lo único que esperaba era la llegada de Guido, su mirada sorprendida, su actitud por fin derrotada. Sé vos, le había dicho Guido un día, no quieras ser yo. Y allí estaba él, obedeciéndolo, siendo un único él, con sus serpientes aquí ahorcando rosas marchitas, allí metiéndose de a una de a dos o de a tres en el sexo de una jovencita de mirada pura y al mismo tiempo insaciable que lucía una vulva rosada e intacta sobre la frente. El público se renovaba, las felicitaciones también. Hasta que Guido llegó.
  
Recorrió la galería y como aquella vez en el estudio de Axel, con un gesto lo invitó a salir. No dijo una palabra. Estela no tuvo tiempo para protestar. Un taxi, Barracas, el estudio guardando la misma compostura y la misma belleza. Axel sintió el sudor de meses antes. Presentimiento tal vez. Guido subió hasta el lugar donde guardaba sus telas y apareció con varias de ellas. Allí estaban las serpientes ahorcando flores muertas, la serpiente crucificada, la serpiente metiéndose en la vagina de la jovencita inocente y perversa. Axel trastabilló, se tomó de la mesa donde se enmarcaban las telas, su mano, sin quererlo, dio con un cuchillo al que al instante dio una misión. Saltó sobre Guido y eligiendo los lugares lo apuñaló una, dos, tres veces. Retrocedió, alivio y espanto. Retrocedió sin poder hablar, sabiendo que la vida se le iba por canales abiertos en otro cuerpo, que su camisa manchada con un rojo que nunca sus telas habían  podido reflejar, que el cuerpo cayendo mientras Guido observaba todo con gesto de pena.


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Tuesday, January 19th, 2010

 

Medea en los callejones

Asher Benatar

 

Las entradas eran bastante caras, por eso, al revisar sus bolsillos y advertir los pocos dólares que le quedaban sintió aquello como una inconsciencia. Como si el pecho se le cerrara: en aquel viaje que nunca había imaginado tan largo y accidentado era indignante no poder gozar plenamente de algo para él tan importante. Decidió que no podía dejar de verla, que la obra estaba por bajar de cartel, que en lo que quedaba de la semana compensaría el gasto, que en todo caso dejaría de comer. Después de todo, una obra griega representada por The Performance Group bien valía estar algunos días con el estómago vacío. A pesar de ello, no se decidió a comprar la entrada.  Esperaría.  
  
Miró el reloj, faltaba tiempo, demasiado para su ansiedad. Resignado, se decidió a caminar por el barrio chino. No gustaba demasiado de ese lugar, y además los perfumes del  chop suey y de las cazuelas cargadas de mariscos de seguro iban a corromper su decisión de ahorrar. Anduvo sin rumbo, mirando hacia un lado y otro, no fuera cosa que diera con alguna redada que buscaba indocumentados y entonces el FBI, las esposas, la voz repitiendo lo que había oído cientos de veces en el cine, que todo lo que dijera podía ser usado en su contra y que tenía derecho a llamar a un abogado y que si no contaba con medios… Bueno, ya se sabe. Luego, la cárcel, una  fianza altísima que no podría pagar y, al cabo de un largo tiempo, en el improbable caso de que el  consulado o la embajada intervinieran, volver a la Argentina, al despido o a la demanda judicial que le entablaría  la agencia de publicidad que lo enviara  a Nueva York para que se capacitase y con la que había firmado un  compromiso al que él no había respondido ni en una ínfima parte.
  
Barrio peligroso, poca gente, y la que pasaba a su lado lo hacía con la mirada vigilante, como si de los sobretodos pudiera surgir una Lugger. Fue observando a aquellos pocos con quienes se cruzaba: un hombre corpulento, casi obeso, que dejaba entrever en su cuerpo una larga historia de comidas diarias en Mc Donald's, luego una mujer joven, atractiva, a la que abordó para preguntar algo, cualquier cosa que le sirviera de pretexto para entablar una conversación y ocupar el vacío que Irene (pobrecita Irene, tan latinoamericana, tanto desamparo en ese departamento tan modesto, quinto piso sin ascensor, donde le había dado albergue) no podría llenar nunca. La mujer escuchó su algo exagerado acento británico, producto del colegio Saint George, y pareció sentirse algo más tranquila, pero después de vacilar resolvió que no y dio media vuelta sin contestar, seguro que el temor ganándole a la intriga. Molesto por aquel rechazo, que semana a semana se había hecho más frecuente al compás de la degradación de su vestimenta, David decidió simplemente caminar. De pronto encontró una breve cortada que  llegaba hasta Wooster Street y que llamó su atención. En realidad, era un callejón que  podía pasar inadvertido. Se enfrentó a él. Negras, bien negras  las paredes, no por la pintura sino por el hollín acumulado durante años. Sobre el piso, maderas, trozos de mampostería, lienzos de pinturas sin valor que se veían destrozados y algunas otras cosas que la penumbra  hacía difícil identificar. De pronto, en el centro de todo ese lugar, azul por la noche en ciernes, un sillón de estilo francés, rojo con marco dorado y que hacía restallar su color como un sonido estridente. El sillón no le sorprendió, después de todo los neoyorquinos suelen dejar en la calle muebles que ya no le sirven o de los que están aburridos. Lo que llamó su atención fue que ese contraste, que en otra circunstancia habría sido un elemento que descompensaba aquel ámbito, ahora se integraba a él, producía una sensación de unidad indisoluble, a punto tal que su ausencia causaría un daño irreparable. Miró su reloj. Faltaba poco para la función, pero aquello que lo rodeaba parecía ser más fuerte. Estaba bien así, adiós, Medea.
  
Lo recibió una humareda invisible, tal vez  susurros o suspiros. Caminó por entre los trastos sintiéndose extraño a sí mismo, como si fuera un espectador de sus propios actos. La nieve caía con prudencia y dejaba sobre su pelo y sus hombros una fugaz blancura. Poco a poco fue separándose de sí, de la hora, de Medea, de esa especie de obsesión por escrutar a todo el mundo tratando de  adivinar si Migraciones o  FBI. Miró hacia arriba. Un pequeño rectángulo, apenas permitido por la altura de los edificios que cercaban el lugar, mostraba el cielo gris oscuro y la nieve que seguía su lánguida caída. Miró hacia la entrada del callejón y encontró el mismo gris y la misma nieve. Prestó atención a los sonidos y no advirtió nada. Era como si allí hubiera  una caja de silencio que integraba el paisaje y como si ese silencio y esos suspiros y esos susurros fueran ya parte de él. David  sintió, cada vez más intenso y más hondo, lo que desde siempre  se le negaba: plenitud, felicidad, estaba en el teatro “Los Independientes”, era como si reviviera los ensayos de “Entertaining Mr. Sloan”, la única obra que había podido dirigir.
  
No prestando atención a la nieve que se derretía sobre el sillón rojo, se sentó. Las dos paredes negras, en vez de empequeñecer el lugar, lo ampliaban, lo hacían infinito, eran como dos nocturnos cielos verticales que lo flanqueaban  dejando paso a  lo que él estaba sintiendo. Desde una improbable ventana en la que no se advertía ninguna luz, partían los primeros acordes de La Pasión Según San Mateo, lo que dio a la escena una atmósfera aún más intensa, acaso más trágica. Siguió allí durante un tiempo que no pudo medir, el reloj en su muñeca desarrollando una circular inutilidad, tal vez Medea comenzando el segundo acto pero él casi sin darse cuenta porque en aquel momento Medea estaba allí, la otra una impostora, junto a él estaba la genuina, la que lo amaba porque él era Jasón, en su mano tenía el diente del dragón, el vellocino de oro. Siempre había perseguido, sin lograrlo, el absoluto. Allí estaba, ofrecido. Cómo entonces dejarlo de lado por una representación donde él era un mero espectador. No, chafalonías, en aquel momento él era protagonista, único actor de una historia escrita especialmente para él, una historia que había sido vivida y que volvía a vivir.
  
Estuvo allí mucho tiempo. La entrada del callejón ahora mostraba un azul intenso y la nieve continuaba su caída sin apuro. Adivinó que su cuerpo estaba tiritando pero no lo tuvo en cuenta. Desde la misteriosa ventana, Bach, perfeccionando y haciendo casi  insoportable ese momento total. Varias veces intentó irse y varias veces le  resultó imposible, no fuera cosa que nunca más y entonces un paraíso inútil, perdido Y ante ese temor decidía quedarse,  ahora la nieve bordeando la franca tormenta y el cuerpo temblando sin sordina. Hasta que no pudo más, hasta que necesitó irse de allí, analizarlo desde el recuerdo, desde la pieza del modesto departamento de Irene (pobrecita Irene, tan latinoamericana, tan pendiente de aquel argentino tan europeo)  que debía de estar preocupada por la tardanza.
  
Irene, claro, no lo entendió. Lo miraba con interrogación, sabiendo que no podría llegar hasta el fondo de David pero a pesar de todo tratando. Se ofreció a acompañarlo la tarde siguiente, pero él rehusó. Más que un obstáculo, habría sido una renuncia a la que no estaba dispuesto.


El sillón había desaparecido. David deambuló por el callejón  descubriendo que los objetos ya no constituían un todo sino que mostraban su despojada individualidad. Esperó, sin encontrar  los susurros y los suspiros de la vez anterior. Al ver que todo se resolvía en fracaso, se sentó sobre un trozo de cemento, tratando de no llorar. La ausencia del sillón rojo era fundamental, pero había otras cosas: la nieve había sido suplantada por un sol de invierno carente de misterio y desde la ventana esta vez no llegaba la melancolía de Bach. Cerró los ojos tratando de buscar soluciones. No era fácil, pero intuyó que podría hacerlo.
  
Necesitaba reproducir todo el escenario de la tarde anterior. Volvió al departamento. Los cinco pisos sin ascensor lo fatigaron más que de costumbre. Buscó la caja de galletitas en la que Irene guardaba sus ahorros y tomó lo que creía necesario. Lo hizo sin culpa, o en todo caso con una culpa diferida, ya se vería, primero recrear el ambiente,  luego la reparación, que no sería difícil porque desde ese momento él sería un hombre pleno, la felicidad lo llevaría a realizar las metas siempre imaginadas: dirigir sus obras de teatro, dirigirlas en Nueva York, con esos actores que había visto en uno de los vagones del subterráneo, y luego llevarlas a Londres, a París, a Estocolmo. Sí, hablaría con Schejter en una posición de igualdad, sin esa condición de alumno aplicado que se adivinaba en sus cartas. Guardó los billetes y apartó el recuerdo de Irene y de los meses de sacrificio que significaban. Salió casi corriendo, no fuera cosa que ella llegara y entonces la ineludible confesión, la culpa, el más que seguro paso atrás que haría imposible aquel absoluto que estaba tan cerca. 
   
Esperó una nevada que tardó algunos días. En la Primera Avenida compró un sillón rojo, estilo francés. No tenía la fatigada elegancia del que había encontrado en el callejón, pero intuyó que iba a servir. Compró una cassette de La Pasión Según San Mateo dirigida por Karajan y en un modesto negocio de la calle veintiocho eligió un reproductor de música de tercera categoría. Puso todas las cosas en el viejo Mustang de Irene y salió para Wooster Street. Nadie. El mismo gris, el mismo desolado callejón. Colocó el sillón en el lugar donde había estado el otro, hizo funcionar el reproductor y se sentó a esperar. No quiso controlar su reloj para no meter dentro de aquel rito un concepto ausente en la tarde añorada: el tiempo y su mensura. Esperó mucho, tanto que a pesar del frío el sudor de su nuca se metía por el hueco que provocaba la camisa haciéndolo sentir incómodo. Pensó en eso que aparentaba ser un detalle, el sentirse mal por el sudor que bajaba por su cuello,  y descubrió que el absoluto estaba lejos,  que no sería posible, pensó que lo de esa tarde sólo una vez y que el fracaso sería difícil de sobrellevar. Utilizó lo que recordaba de su curso de control mental. Contar, apartar los pensamientos concentrarse en el dibujo de los números. Uno, dos, quince, veinte, dieciocho, doce, cuatro, uno. Al término de su cuenta regresiva, ya estaba adentro, ya había dejado de sentir la corporeidad de sus manos y de su cuerpo, el sudor en su cuello había desaparecido, todo él parecía flotar. Bach seguía ahí. Con la dificultad que aquel sopor provocaba, miró hacia arriba, hacia el rectángulo metálico que dejaban ver las dos noches verticales y contiguas. Llegaba, sí, llegaba. La nieve caía sobre su cabeza y él comenzó a no sentirla. Llegaba más aún. La nieve ahora caía con más urgencia  y lo que él había perseguido ya estaba a su lado, se ubicaba junto a él, sumiso, se subía por sus manos, lo tomaba de las sienes. Sí, sí, él ya era otro. Se dejó estar, quizá sonriendo, acaso sus músculos entrando en un abandono complaciente. La totalidad estaba a su lado, y estuvo durante mucho tiempo. Tanto que noche yéndose y que gritos repentinos y que hombres de uniforme rodeando aquel lugar que no les pertenecía, hombres que le robaban la nieve, los acordes de Bach, el sillón rojo y toda esa unidad que se traducía en El Todo. Obligó a su cuerpo a levantarse. Lo hizo lentamente, como si los miembros se negaran. Una vez de pie, comenzó a oír frases con aquel acento sub inglés que él tanto desdeñaba, Efbiai, otros vehículos que estacionaban con chirridos de frenos, demasiada gente para un hombre  inofensivo cuya única culpa había sido buscar la plenitud. Algo, un sentimiento de ira lo obligó a levantarse, a tomar una de las piedras y lanzarla sin dirección, gritaba, insultaba en castellano, en argentino, en porteño, no podía contener a su cuerpo que pugnaba por llegar hasta los intrusos, tomó un listón de madera y entonces la carrera hacia aquellos desconocidos, el gesto de ferocidad que sobrepasaba el rostro e invadía el cuerpo,  los disparos  con el que ese gesto se petrificó en su cara mientras a pocas cuadras una falsa Medea by The Performance Group.


Asher Benatar  has published six books: Pido, no Juego Más, novel, Fondo Nacional de las Artes Award, 1970; El Juego de la Ausencia, short stories, 1985, Honour Award from the Argentine Writers Association 1985; La Noche de los Gallos de Riña, short stories, 1987; Kindergarten, novel, 1989;  and Teatro, six tragedies, 1998.

He has been awarded the Honour Prize by the Argentine Writers Association on two occasions, as well as the Argentores Prize, also on two occasions.

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Tuesday, December 22, 2009

 

Ella, infinitamente Ella

Asher Benatar

 

En todos aquellos años de simulaciones y escondites, nunca había viajado en el subte Constitución-Retiro. Llegó cuando estaban por cerrarse las puertas de los túneles. Tomó el último tren y subió a un vagón desierto. Entró jadeando. Antes de sentarse se buscó en uno de los espejos. Anteojos que nunca había necesitado, el pelo con un corte prusiano que sus superiores, a quienes no conocía, le habían ordenado, la  ropa correcta y anónima. Se sentó. Momentos después entró una mujer que se ubicó frente a él. Raro que eligiera ese lugar, pensó Javier, sobre todo teniendo todo el vagón a su disposición. La mujer no lo miró. Él sí. Traje sastre negro, de buen corte, blusa blanca, ni una joya. En la mano, un maletín que no parecía pesar mucho. Como en otras oportunidades se preguntó si ella también pertenecería a La Organización. La miró en el reflejo de la ventanilla, recordando aquel cuento que había leído en su adolescencia, pero en el vidrio no halló la dualidad que el viejo maestro había imaginado en el Metro de París, la dualidad estaba en Ella, Ella corpórea y al mismo tiempo transparente, Ella dura, pero cierta dulzura escurriéndose de la mirada. Los rasgos eran limpios y marcados. Uno de los integrantes de la Organización pasó por entre la hilera de asientos, controlando. La mujer seguía en la misma postura, el rostro enfrentando al suyo pero los ojos desmintiendo todo deseo de entablar una conversación. Al llegar a la estación 9 de Julio sacó de su portafolios algunas hojas de papel unidas con un broche y las colocó en el asiento, a su lado, sin mostrar la menor intención de leerlas. Javier forzó su pensamiento. Algo había en esa mujer que lo inquietaba, no podía descubrir qué, tal vez su cuerpo, siempre en actitud de ponerse de pie para ubicarse junto a la puerta, tal vez su mirada a la que encontró latente, diferida. Después de la estación Lavalle, ella  se levantó dejando las hojas de papel sin recoger. Bajó del vagón sin mirar a Javier, que no hizo el menor gesto para recordarle su olvido porque advirtió que en aquella aparente distracción había algo deliberado, un mensaje  clandestino, y porque el hombre de la Organización iba y venía, con  los ojos atareados registrando todo, todo  menos aquellos papeles que Javier, al llegar a la estación San Martín, recogió con disimulo. De pronto se sintió culpable,  imaginó el gesto duro del Gallego y del irlandés  O'Connell (no podés, no podés, estás arriesgándote y arriesgando a todos nosotros). Subió las escaleras mirando a un lado y a otro, simulando haber perdido algo y revirtiendo la mirada para observar la escalera que bajaba hasta hundirse en la oscuridad (tiralos ahora mismo, dale, no seas loco, decía O'Connell, tratando de arrebatarle los papeles). Cuando advirtió que no lo seguían, caminó simulando no tener rumbo. Calles desiertas, esculturas hechas escombros o, esperando su destrucción, tapadas con lienzos que destacaban su blancura en la oscuridad (sos un hijo de puta, un egoísta, nos juntamos por algo, no para que vos te dejes llevar por la calentura). Al pasar por la curva de Marcelo T. de Alvear, se enfrentó con  La duda, aquel viejo dilema de mármol que agitaba su pugna quieta ahora debajo de un enorme lienzo. La recordó centímetro a centímetro  y no pudo dejar de exhumar a Lucía, con quien tantas cosas había querido, con quien tantas dudas menos metafísicas había compartido. A pesar de necesitarlo, no quiso llorar. Andando y desandando calles, buscando desorientar a algún desconocido que acaso no estuviera en pos de él,  llegó a su casa. Cerró los seis cerrojos por costumbre, dedicándose  a sí mismo una sonrisa irónica. Si  estaba sentenciado,  ni siquiera la puerta de un banco podría protegerlo. Tirado  en la cama, tomó los papeles que Ella había dejado no por olvido. Con asombro, leyó aquellas páginas. Allí estaba todo, hasta lo que él dejara en algún callejón de la memoria que la misma memoria había clausurado. Todo: su madre y el couscous que preparaba siempre en domingo, el Aernaval, con sus acorazados y sus destructores y sus submarinos, Teresa y el recurrente llanto llorado con el llanto majestuoso de siempre en algún bar de Paseo Colón. Allí, escrito con letra prieta y serena, estaban su infancia y su adolescencia. Puso atención a la última línea de la última página: separado con un guión, podía leerse el comienzo de una palabra trunca. Sí, no había duda, era un mensaje, un mensaje que no terminaba ahí, que necesitaba de otro encuentro.
  
A pesar de que las instrucciones eran estrictas (evitar la rutina, nunca repetir un itinerario sin que pasen por lo menos treinta días, grabátelo en la cabeza), la noche siguiente tomó el último tren de Constitución-Retiro y la vio, sentada en un lugar distinto, pero puntual. Sintió una alegría casi adolescente, ella había llegado primero. Corrigió su pensamiento: había acudido primero, porque aquello era una cita. Se ubicó en el asiento de enfrente, mirando si al oficial de La Organización no le extrañaba esa contigüidad que podía haber sido evitada, pero no advirtió nada extraño. Eran crueles, siniestros, aunque a veces ingenuos. Siempre sin mirarse, repitieron los gestos primeros y los de la callada despedida. Y así, cada veinticuatro horas, en esas páginas ilícitas, Javier  fue reviviendo días y noches, borracheras e insomnios, gestos o palabras enterradas. ¿Cómo sabía ella de sus novelas, de sus cuentos, once libros, miles de frases y de réplicas  que La Organización había destruido  y que a pesar de todos los esfuerzos iban alejándose de su memoria? ¿Cómo sabía del aborto de Lucía y del intento de suicidio de Andrea? ¿Cómo tenía en sus manos tantos secretos que podrían llevarlo a la muerte? Sirenas y sirenas, ellos siempre presentes.
  
Pensó en Nuevo Día, el comando de resistencia al que él pertenecía desde aquel triste marzo, imaginó algún fichero personal donde sus jefes habrían registrado esos datos, pero no, imposible. Todo era muy íntimo, nunca  había sido confiado a alguien  Además, ningún integrante de Nuevo Día  conocía a más de dos personas que pertenecieran al grupo. Había miles, sí, pero él sólo tenía contacto con el Gallego y con O'Connell, que habrían  reaccionado muy mal de saber lo que estaba ocurriendo.
  
Esa noche soñó con ella, la desnudó, abrió sus piernas e iluminó el vértice con la lámpara del velador, miró el sexo durante un tiempo que el sueño no pudo medir, lo lamió con la intensidad de un minero, lo mordisqueó, ávido y hambriento, entró en él y acabó con la fuerza de una marejada, acabó adentro del sueño y fuera de él, acabó gimiendo, consciente de que algo se terminaba y lo dejaba sin protección, faro apagado, catalejo roto, sábanas mojadas y el sueño ahora convertido en un prófugo indescifrable.
  
Volvió, ahora olvidado del Gallego y de O'Connell, volvió deseando que, ansioso por, desdeñoso de. Volvió y volvió a encontrarla, miró el hueco que se producía en las entrepiernas que lo enfrentaban y trató de dar una voz a ese sexo al que imaginaba expectante. De nuevo las hojas y de nuevo el riesgo, pero esta vez más intenso, porque él  ni siquiera se molestó en disimular su gesto ni su andar, impacientes ambos, riesgo de encierro y de muerte, breve encierro y rápida muerte, final  sin gloria, sin el consuelo de poder recordar el último de sus cuentos, la frase con la que remataba el paso de la inocente Laura entre muertos verticales. Imaginó, pero no estuvo seguro, la mirada alarmada de Ella, su gesto abortado, el sollozo interior con el que ahogaba su deseo de protegerlo. Corrió hasta su casa pasando por un largo corredor de hombres de gris ocultos por máscaras, pasando por armas que ejercían su permanente amenaza. Una vez adentro de la penumbra, sin siquiera haber corrido los seis cerrojos,  leyó las páginas que seguían con su letra inmutable, con su trazo sin nervios. Allí, otra vez,  estaba su vida, su memoria, sus rincones más escurridizos, sus silencios menos descifrados. Las palabras se internaban más profundo que en las entregas anteriores. Regresó su deseo de iniciar un diálogo, de verla esa noche y de verla siempre. Afuera, las sirenas recordaban el toque de queda y un ruido de cadenas arrastradas se arrastraba por la ciudad, ciudad desierta, ciudad en sombras, La Organización y su interminable guardia. Salió a la oscuridad, sin los anteojos, sin el salvoconducto que Nuevo Día le había conseguido, sin pensar en un pretexto que pudiera salvarle la vida. Fue hasta la estación de subtes y encontró las cortinas metálicas cerradas. En un rincón, acurrucada, con la boca abierta, lanzando un gemido sin sonido, estaba Ella. Era la noche catorcena, como alguna vez había dicho aquel otro viejo maestro también incendiado. Se acercó, pero la mano blanca que lo enfrentaba le mostró que no podía, que los helicópteros recorrían  la ciudad  barriéndola con su luz geométrica, que las cámaras de televisión de seguro registrando aquel encuentro. Otra vez intentó acercarse y otra vez la mano lo contuvo. Estuvieron así, amagues y rechazos, llanto y firmeza, pena y pena. Hasta que la luz del día les dio nuevos rostros, hasta que indiferentes empleados abrieron la puerta metálica y ellos entraron corriendo, sin hacer caso de los hombres vestidos de negro ni de las sirenas ni de los helicópteros que ahora rodeaban aquella entrada con su vuelo también negro. Disciplinados, cientos de hombres bajaron. Piernas derechas, piernas izquierdas, coreografía exacta que no apuraba su marcha porque sabían que la presa no podría escapar. A la derecha, esperando, el tren. Se sentaron en el lugar del primer encuentro, Ella con gestos nerviosos buscando en su maletín las hojas que tenía preparadas para él, él recibiéndolas y leyéndolas con avidez. Allí, otra vez, estaba todo: el deseo de Javier, su incansable insomnio, las rejas que rodeaban la ciudad e impedían que él la tomara de la cintura y la llevara a otros lugares sin máscaras, sin toque de queda perpetuo, sin bandos que anunciaban el terror. Allí estaba todo: la noche que habían pasado juntos y separados, las rejas metálicas abriéndose, la persecución, el tren que los esperaba con su fría calidez, los hombres de la Organización que se acercaban, se acercaban dos veces: en la letra prieta y ordenada y en el vagón desierto. De repente, los bordes coincidieron. Miró hacia atrás. Sí, eran ellos. Y era Ella la que retrocedía, la que no impidió que Javier la reconociera, la que había hecho un alto en  su inmutable misión segadora, la misión que desarrollara desde el fondo del infinito para darle una oportunidad a él, oportunidad perdida y Javier que acaso sintiera la pérdida por aquella  pérdida. Sí, era Ella. A pesar de su presencia insistente, él nunca antes le había dado rasgos, nunca antes había imaginado que a su contacto tendría algo para agradecerle, pero lo hizo, la tomó por la cintura y la besó largamente, mientras hombres de negro y de máscaras se acercaban a él, lentas y disciplinadas las piernas, llenas de certeza las empuñaduras dispuestas, hombres que lo acorralaban, pero  que no lograban interrumpir aquel beso que nunca abandonaría su boca.  


Asher Benatar  has published six books: Pido, no Juego Más, novel, Fondo Nacional de las Artes Award, 1970; El Juego de la Ausencia, short stories, 1985, Honour Award from the Argentine Writers Association 1985; La Noche de los Gallos de Riña, short stories, 1987; Kindergarten, novel, 1989;  and Teatro, six tragedies, 1998.

He has been awarded the Honour Prize by the Argentine Writers Association on two occasions, as well as the Argentores Prize, also on two occasions.

 

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