Fiction


Tuesday, January 26th, 2010

 

Los focos

Guillermo Samperio

 

Ya en la noche, cuando los focos están apagados y se instala un largo silencio, es cuando ellos piensan mejor. Piensan en la luna llena, las luciérnagas, los arbotantes, en los focos fundidos, en las lámparas de mano de los veladores, en el brillo de los ojos de las mujeres que están de pie en las esquinas, en el foco que se enciende sobre las cabezas de los científicos, los poetas o los filósofos, cuando les viene una idea estupenda, en el centelleo de los charcos después de la lluvia, o en otros focos apagados.
         
Los focos de las lámparas apagadas piensan en los escotes de las mujeres cuando hay fiesta en la casona, en los fuegos leves que se generan en los muslos femeninos que llevan medias negras y tienen la pierna cruzada, en los fistoles prudentes de los caballeros y hasta en sus hebillas, aunque sean un tanto toscas, en los ojos chispeantes de damas y cortesanos cuando la fuerza alcohólica ha subido los grados legales del alcoholímetro, el fulgor erótico en los labios de las mujeres cuando salen a la terraza y segundos después los hombres que van tras ellas con un haz en la frente sudorosa, en las luces leves de las velas que la señora de la casa hunde en pequeños panes de chocolate, canela, mamey o frambuesa, en las súbitas y cambiantes relumbres de la ponchera y del mismo cucharón mientras vierte la bebida alcohólica compuesta de liquido de peras jugosas, ciruelas trituradas y jugo de toronjas, además del coñac añadido al último.
         
Los focos apagados de las habitaciones de la servidumbre, del estacionamiento y del área de planchado, piensan en las luciérnagas puestas en el centro de la mirada del zorro entre los manzanares, en los cuartos pequeños y humildes de los veladores, en las calles solitarias en las orillas de la ciudad o del pueblo donde un foco antiguo, amarilloso, alumbra apenas su lado breve de la calle con la desvariada idea de que aluza todo el barrio, en el breve fuego súbito de puñales que, al fondo del callejón real, entre sombras de cuerpos, alumbra un alma que se desprende; en los combustiones que configuran dibujos de ida y vuelta “o en giros inesperados” hasta que alguno se apaga y el otro se disipa tambaleante y una muchacha imagina que son señales del la yerbera, en las lámparas de petróleo de los hombres que andan por el monte a la caza de liebres y conejos que se paralizan en cuanto la luz les cae encima y luego se ve una pequeña estrella que explota y derriba al animal, cuyas largas orejas se vuelven flácidas lo mismo que sus cuerpos, en el aluzamiento de la breve casa de dos aguas donde la penumbra provoca que sus habitantes platiquen en voz baja o hagan el amor en un grito contenido con el fin de que las crías no se den cuenta de un cuerpo metido en otro, a pesar de que tales crías escuchen los leves movimientos, los gemidos suaves y los últimos respiros un poco más fuertes y luego un silencio hondo que habla más que los cuerpos incrustados, o el sonido del río que no ha cesado de pujar y decir palabras de amor rumorosas ni ha dejado de moverse ni de fluir con nuevas aguas que no volverán a pasar por ese pueblo.
         
Hay uno que otro foco apagado que no piensan en nada o que sus palabras son más oscuras que su entorno negro y que apenas logran cavilar en el momento en que al fin se liberen de esta servidumbre vil de estar alumbrando para que y para nada, piensan, cuando no les queda otra opción en la inutilidad de alumbrar y de encontrarse colgados como si estuvieran en la horca o les fuera a caer, de un momento a otro, la guillotina, eso, prefieren estar apagados, gozan el sufrimiento de la plena oscuridad que los rodea, les vienen a la mente los cadáveres que van cayendo en las calles citadinas, los decapitados, los hechos trozos, o de los hombres y mujeres que se tiran desde la azotea de un edificio y del golpe que generan sonda como si un carro se estrellara contra otro, en el entallamiento de las vísceras, o en los presos que se ahorcan con un cinturón o que los asfixian con un alambre en su celda, en los zapatos tristes que cuelgan de los cables que atraviesan las calles de poste a poste, en la multitud de murciélagos que habitan la nocturnidad de la ciudad y la cruzan de un lado a otro en busca de alimento, piensan en la edad media en que hubieran preferido ser antorchas y un día ser usados para incendiar un cerro de cuerpos humanos caídos en manos de la peste o para alumbrar una estupenda violación, un rapto, un asesinato con espadín a espaldas de la víctima o al traidor o a la infiel, participar en las fiestas báquicas y dionisiacas, incendiar uno de los barcos que estuvieron en la costa ante el fortín de Troya o, a la inversa, alumbrar la morada del invencible y prepotente Aquiles en tanto éste, solitario, tocaba la cítara, rumiando su odio contra Agamenón, o todavía más: haber sido el fuego inútil que Paris llevaba en el pecho al raptar a Helena.


*****


La mejor atracción

Guillermo Samperio

 

Don Maximino es dueño de un circo; su mayor atracción no es la mujer que va saltando en giros sobre un caballo, ni una jirafa que hace nudo su cuello ni los trapecistas que hacen el triple salto mortal, vaya, ni la mujer que vuela en un avioncito sin cables ni red de protección. No, la mayor seducción es un sapo casi del tamaño de un elefante o quizá un poco más.         

Antes, cuando no tenía al sapo, su consentido era el elefante, pero al comprarle el sapo a la mafia coreana o china, pues en esos países degustan sapos, Germán, el elefante, pasó al peor lugar. Y así como en las cañerías de nuestra ciudad andan ratas del tamaño de un perro, en aquellos países orientales andan sapos gigantes; de ahí que usen coladeras tamaño big.        

Ahora, mientras van haciendo el cambio hacia otro pueblo y lo mismo ha pasado ya en muchos cambios, el sapote va muy contento en su carreta y el elefante, triste y sudoroso, es el que jala la carreta.
         
Por cierto, este sapo no es verde, sino café; y la espalda, que le llega hasta el culo, está plagada de granos rojos que parecen barros. Una vez, don Maximino le quiso exprimir uno, pero el sapo le lanzó un líquido desde el hocico y le quemó parte del brazo a su patrón. Desde entonces, el sapo fue todavía el más consentido. Vale decir, que el sapo no hace ninguna gracia al aparecer ante el público, vaya, ni salta porque está gordísimo, ni croa porque está afónico.
         
Sin embargo, en cuanto aparece, jalado por el elefante, primero se hace una gran suspensión del respirar, como si la gente deseara correr, pero al darse cuenta de que es sapo huevón y que respira con gran dificultad, inflando y desinflando sus costados, la gente empieza a reírse y de pronto explota el gran aplauso; entonces, don Maximino y, sobre todo, Germán, saben que han triunfado en este pueblo también 
         
Al final, el chiste del sapo coreano o chino es sólo ser jalado por el elefante, de cuello a cuello, dar un par de vueltas al ruedo del circo mientras la gente aúlla; si pudiera dar autógrafos, los daría. Además, por lo general, anda muy enojado y ni los payasos le sacan una media sonrisa. Don Maximino tiene la hipótesis de que su disgusto proviene de que no se lo han comido. Cuando me canse de él y me llene más el bolsillo, haremos una gran comilona para que mi vieja, la mujer barbuda, ponga en práctica sus mejores artes culinarias.

 

Guillermo Samperio (México, D.F., 22 de octubre de 1948), es autor de más que veinticinco libros de cuento, novela, poesía y ensayo. Ha publicado en diversas revistas de México y el extranjero y ha sido traducido en múltiples idiomas. Samperio ha aparecido en antologías a lado de Asturias, Benedetti, Bioy Casares, Borges, Cabrera Infante, Cortázar, Fuentes, García Márquez, D. H. Lawrence, Joyce y Nabokov, entre otros. Sus más recientes libros son Cuentos reunidos, Alfaguara, México, 2007; La Guerra oculta, cuentos, Lectorum, México, 2008. Samperio acaba de publicar su libro de cuentos La Gioconda in bicicletta que será presentado en la embajada de México en Italia.

Guillermo Samperio (México, D.F., 22 October, 1948) is author of more than twenty five books that include novels, short stories, poetry and essays. He has been published in various magazines both in Mexico and abroad and has been translated into many languages. Samperio has appeared in a number of anthologies alongside Asturias, Benedetti, Bioy Casares, Borges, Cabrera Infante, Cortázar, Fuentes, García Márquez, D. H. Lawrence, Joyce and Nabokov, amongst others. His most recent books, Cuentos reunidos and La Guerra oculta, were published in Mexico in 2007 and 2008 consecutively. Samperio has just published his book of short stories, La Gioconda in bicicletta which will be launched in the Mexican Embassy in Italy this year.


*****

to the top...