Fiction


Tuesday, January 19th, 2010


Señor policía, Liliana está llorando

Humberto Ballesteros Capasso


Estábamos comenzando a jugar a la lleva cuando Liliana se puso a llorar. Un momento antes nos habíamos preparado, la lleva en un extremo del campo de básquetbol y los demás en el otro extremo, y el juego había comenzado como siempre. La lleva había corrido hacia nosotros, y habíamos escapado como pájaros espantados por una piedra. Yo cogí hacia la izquierda, detrás de mi hermano, hacia la cancha cuya tabla reflejaba el sol, una bola de luz tan redonda que parecía estar rebotando contra la madera, a punto de rozar la red y caer al suelo. Y mezclado con las risas a mis espaldas escuché el comienzo del llanto de Liliana.

En los minutos que siguieron discutimos la razón de ese llanto. Las hipótesis eran varias. Se había caído. Tenía dolor de estómago. Se había acordado de algo; de la muerte de una mascota, de la tristeza de un amigo. Alguien le había pegado. Le habían dicho algo. Le preguntamos por turnos si era verdad lo que estábamos pensando, pero ella seguía llorando y miraba a quien le hablaba, sin responder. No lloraba a gritos, como yo recuerdo haber hecho cuando quería llamar la atención. Tampoco se retorcía en el suelo, como un niño malcriado que no quiere salir de la tienda de juguetes. Su llanto tenía poco de infantil. Estaba acurrucada en una esquina del campo, y había algo infinito en esos ojos que se clavaban en uno sin dejar de manar luciérnagas.

Al fin alguien señaló el carro de la policía estacionado en la esquina del parque. Yo, que era el más grande, corrí hacia allí. Me sentí heroico en ese instante, cruzando el parque con la mirada esperanzada de los otros impulsándome, con la admiración de los pequeños y la angustia de los más grandes urgiéndome a avanzar. Me imaginé con un sable rebotando contra mi muslo, el cabello desordenado, ignorando el dolor de la herida en el costado, el mensaje decisivo apretado en la mano y entreviendo los colores de la tienda del emperador en la distancia.

- Señor policía, Liliana está llorando.

Me miró y se demoró en responder. Sus ojos también eran negros, pero pequeños. Estaba gordo y masticaba algo. En sus gafas se reflejaban las copas de los árboles, el cielo.

- ¿Qué pasa?

- Liliana está llorando.

Curiosamente, no me preguntó nada más. Abrió la puerta y le di paso. Se demoró un rato en salir, porque sus movimientos eran lentos, y luego caminamos hacia el grupo de niños. Casi todos le daban la espalda a Liliana y nos miraban. Un par ya se había ido. Pero una niña en particular, creo que era su hermana, la miraba con los ojos de quien mira un perro muerto.

A medida que nos acercamos el cristal de aquel llanto se dibujó frente a nosotros. Era una línea imposiblemente recta, a veces azul y a veces violeta, y en los pocos momentos en que subía de volumen era como si un vuelo sin objeto se zarandeara en el aire. Casi siempre era una nota sostenida, y me pregunté cómo hacía para que no se le acabara el aliento. Era como si una anciana, con movimientos felinos, deslizara su arco sobre una única cuerda de violín, con cruel suavidad, sin ritmo, sin pausa, sin meta, sin memoria. Y ya habíamos llegado junto a Liliana y yo no me atrevía a mirarla. Estaba mirando el rostro del policía, que claramente, por el temblor de los labios entreabiertos, sí la estaba mirando a ella.

- ¿Qué te pasó?

No hubo respuesta.

- A ver. Tranquila -. El policía le acercó la mano.

Lo que pasó entonces es difícil de explicar. Lo que yo vi fue la reacción del policía, porque lo estaba mirando a él. Vi los labios plegados en un inicio de sonrisa, las mejillas regordetas iluminándose, y luego los ojos endurecidos de pronto, el cuello que se tiraba hacia atrás con la rigidez de un títere que finge un acceso de pánico. El llanto se había detenido un momento, pero recomenzó. El policía dio dos pasos hacia atrás, luego otro, y al fin se dio la vuelta y caminó hacia su auto.

Por encima o por debajo del llanto de Liliana escuché los pasos rápidos de los que habían salido corriendo. Luego un violonchelo roto a medias se sumó al violín inconmensurable de Liliana, y miré a la niña junto a mí, la que tal vez era su hermana. Ella sí lloraba como una niña, deteniéndose para tomar aliento, a veces pasándose el puñito por los ojos, sorbiéndose con frecuencia los mocos, mientras que a mis espaldas continuaba hundiéndose en la piel del mundo aquel alfiler interminable.

Años después nos acordamos de eso con mi hermano, sentados en la hierba frente a la casa de la abuela, cada uno con una cerveza en la mano. Él insiste en que aquella tarde, cuando el policía la quiso tocar, Liliana siseó como un gato que se siente amenazado. Yo no quiero pensar en ello, y diré simplemente que a mí, aunque no vi lo que pasó, me parece que fue otra cosa. Algo más humano pero más indecible.

Yo era el más grande, así que cuando se me pasó la sorpresa arranqué a correr hacia la esquina donde aún estaba estacionado el auto del policía. Sentía que él, que era el único adulto y además vestía un uniforme, tenía que hacer algo, llamar a alguien. Pero me detuve en mitad del parque. El policía estaba sentado al volante, buscando laboriosamente las llaves en sus bolsillos, y cuando sintió mis pasos me miró.

En ese momento algo luminoso se derrumbó dentro de mí y el embrión de otra cosa mucho más confusa apareció en su lugar. Los ojos del policía estaban enrojecidos de llanto y sus mejillas empapadas habían perdido el brillo. Me pareció que tenían la consistencia del pan húmedo y sentí un poco de asco. Frente a mi mirada sorprendida el policía encendió el motor, cerró la ventana y se alejó. La línea de sonido persistía a mis espaldas.

Mi hermano y yo ya sabemos por qué aquella tarde Liliana se puso a llorar. Sabemos esa y otras cosas, pero nunca hablamos de ellas. Los sábados nos encontramos en casa de la abuela, y luego del almuerzo compramos cervezas y las bebemos tirados en el patio, a veces jugando con una brizna de hierba. Nos vamos cuando el cielo se ha hecho plomizo. Lo acompaño a su camioneta y para despedirme le doy una palmada al capó. Luego camino a la parada del bus, y a veces siento una aguja flotando a mis espaldas y apuntándole a la vez al pasado, al presente y al futuro. Pero nunca se puede hablar con claridad de estas cosas. Es preferible el silencio.


Humberto Ballesteros Capasso, escritor colombiano (Bogotá, 1979). Ha publicado cuentos y poemas en revistas literarias y académicas de Colombia y los Estados Unidos. Ganador del Concurso Nacional de Cuento de la revista La Movida Literaria en 2009. Autor de la novela inédita Diario para Ariadna, actualmente escribe una segunda, y cursa un doctorado en Italiano y Literatura Comparada en Columbia University.


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