Fiction


Tuesday, January 12th, 2010

 

EL GRITO

Mariana Graciano

 

Oye el silbido del maestro que anuncia el final del día y Clarita sale del agua. Va al vestuario con sus compañeras. Se seca bien. Se pone sus pantalones amarillos cortos y la remera blanca. Peina su pelo y lo ata para que su mamá la vea más linda. Sale.

La mamá, Ana, la espera en el hall. Está transpirada porque es enero y acaba de caminar doce cuadras para ir a buscarla. Las mismas cuadras que van a caminar juntas ahora para volver a casa. Clarita parte el abrazo del saludo para pasarle la mochila a su mamá. Piensa que ojalá el pelo mojado le dure todo el camino así no le agarra tanto calor. Su mamá la toma de la mano, le dice “vamos, hija” y salen juntas a la vereda. En la primera esquina doblan.

-¿Qué hay para comer, ma? Tengo hambre.

-Compré galletitas para que comas con la leche.

-Pero hace mucho calor.

-Bueno, te tomás una chocolatada fría.

Clarita avanza en zigzag buscando saltar todos los canteros de árboles que hay en el camino mientras canturrea una canción que le acaban de enseñar en la colonia.

-Esa es nueva, no te la escuché nunca.

-Me la enseñaron hoy pero no me la acuerdo bien. Creo que dice estaba la Catalina sentada bajo un laurel, mirando las…de las aguas al correr…mirando las (no sé qué)... de las aguas la correr… Después dice algo de un soldado…
-Ni idea, yo no la conozco.

-Creo que dice entonces pasó un soldado alto y rubio (y no sé qué) y ella dice deténgase usted soldado que una pregunta le quiero hacer… ¿Usted no ha visto a mi marido en la guerra alguna vez? Nara nána, nara nána, na na na…

Ana mira a su hija y le dice que le gustaba más la otra.

-¿Cuál?

-La que cantás siempre del pajarito.

-Ya me cansó esa a mí.

Vuelven a doblar en la esquina y toman una calle tranquila, con poco tránsito, que bordea un edificio público. Clarita empieza otra vez a cantar.

-Estaba la Catalina sentada bajo el laurel, mirando la pureza de las aguas al correr. Mirando la pureza de las aguas al correr…

Pasa un colectivo que tapa por unos segundos el canto de la niña. Apenas se aleja, la calle se vuelve más silenciosa que antes. Entonces Ana se detiene bruscamente y frena con ella el paso de Clarita que deja de cantar, se vuelve hacia su madre y le pregunta “¿qué pasa, ma? Dale. Tengo hambre.” Ana se queda quieta. Se oye un grito nítido y desgarrador de auxilio. Esta vez hasta Clarita lo ha escuchado y por eso aprieta la mano de su mamá fuerte. Ana mira hacia atrás. Nadie. Hacia delante. Nadie. Clarita copia el gesto. El grito se repite y ambas se dan cuenta de que viene del edificio. Ana se acerca un poco a la pared para estar segura. Viene del sótano. Ese es el lugar y el grito es de una mujer. Clarita observa como su mamá vuelve a mirar en todas las direcciones sin encontrar a nadie. Le vuelve a apretar la mano.

-Hola, ¿quién está ahí?- pregunta Ana sin levantar la voz, dirigiéndose al sótano-¿me oye?

-Auxilio- repite la voz y Clarita piensa que es imposible saber si eso fue una respuesta para su mamá o qué.

-¿Qué pasa, ma?, pregunta Clarita.

-Ssh, pará hija- responde Ana asustada.

Clarita aprieta la cara contra la pollera de Ana y se muerde los labios. Ana vuelve a mirar en todas las direcciones. Ve una ventana abierta en la vereda de enfrente.

-Hola -dice Ana, dirigiéndose a la ventana abierta pero sin levantar la voz demasiado, como pidiendo ayuda.
Escabullida entre las piernas de la madre, Clarita alcanza a ver a una mujer que asoma la cabeza por la ventana, analiza a Ana y a Clarita con la mirada y se mete adentro. Cierra la ventana y las cortinas.

Ana intenta asomarse al sótano por una pequeña ventanilla de ventilación. Trata de encontrar el ángulo que le permita ver hacia adentro pero no logra ver nada. Sólo empiezan a oírse golpes y, otra vez, un grito de mujer.
-Vamos, ma- dice Clarita, clavándole en el brazo las uñas a su madre.

Ana la mira, la carga en brazos, la aprieta contra su pecho, vuelve a mirar en todas las direcciones y no ve a nadie. Comienza a caminar a pasos cada vez más rápido. Se alejan.


*****

 

LA MULIER

Mariana Graciano

 

Por la ventana pasa el sol, el viento, el polvo de la obra en construcción.

Veo como el polvo viaja con el viento y entra a mi habitación.

Oigo la máquina que cala, que cava, que busca.

Hay en ese polvo, polvo de cemento, de tierra, infinitas partículas de algo.

Ahora puedo verlo todo. Puedo atravesar el tiempo para escuchar la
primera palabra.

 

Un momento de descanso en el clan, está oscureciendo, silencio de sabana.

La Mulier detiene su mirada, la fija en un punto. Levanta su brazo, extiende el dedo índice. Una cadena de organismos se pone en funcionamiento, el lóbulo frontal envía una orden, el aparato fonador se activa, la lengua articula y el aire expulsado tiene forma.

Puedo ver desde aquí su absorta mirada y la torpe palabra que se le cae de la boca.

Nadie la escuchó, todos la oyeron entre el chillido de un ave, y el croar de las ranas.

Señalando la primer estrella había dicho: /iæĵ /  por puro instinto.

La Mulier se oyó, comprendió y decidió partir. Ya no vivía en el mismo universo que el resto de la manada.


*****

Mariana Graciano vive en Buenos Aires. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires. Ha escrito y publicado cuentos, poemas y una obra de teatro.

 

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