Fiction


Tuesday, March 9th, 2010

 

Dios y Sandra en el desván.

Raúl Hernández Garrido


Dios está arriba escondido en el desván. Por la noche le oíamos removerse y nos entraba el miedo, no fuera que mamá o la abuela lo fueran a descubrir. Robábamos comida para él. Sandra era quien se la subía.

Aprovechábamos la siesta, cuando los mayores se iban a trabajar y nos dejaban solos en la casa, en el cuarto, con las persianas bajadas. Afuera hacía un sol de matar y oíamos los ronquidos de la abuela, llegando desde el salón. Ahora, decíamos, y salíamos tras Sandra al pasillo. No subíamos. Sandra nos decía que no debíamos subir, que no debíamos acompañarla. No sabíamos si era porque Dios nos tenía miedo o porque a nosotros nos daría miedo verle la cara a Dios. Los domingos, en la iglesia, Flora me daba un codazo para que viera a Dios, allí colgado de la cruz. Y aunque ése era Dios, bien: no era Dios del todo. Quizá fuera Dios hace tiempo, porque yo también, en algún libro, le había visto con una larga barba blanca, sentado sobre un planeta y rodeado por las estrellas y los ángeles. También se aparece en el momento en que el cura levanta los brazos para meterse dentro del pan bendito.

Entonces hay que arrodillarse, o bajar los ojos. Una vez me distraje y me dieron un coscorrón para que inclinase la cabeza. Otra vez intenté mirar disimulando. Marta me dijo que no me iba a atrever. Pero no soy gallina y miré. No lo vi, o tal vez fue que cuando miré ya había pasado todo. Tampoco hemos visto a Dios arriba en el desván. Nunca hemos subido al desván.

Por las noches me cubro con las sábanas hasta las orejas. Dejo el espacio justo para que el aire entre, no me vaya a ahogar. Pero debo estar bien tapado, hasta las orejas. No quiero que si Dios baja un día me sorprenda en lo oscuro. Por eso me subo las sábanas hasta arriba, aunque haga calor. Pedro al dormirse le da una patada a la ropa y hasta los pies se le quedan al aire. Flora me mira. Te vas a ahogar. Pero yo sé que si entra Dios y tiene que llevarse a alguien se llevará a Pedro. No me importaría tanto como si se llevara a Flora. A Sandra no creo que le haga nada, porque ella sabe cómo hablar con él. Ella no debe tenerle ningún miedo. Pero a nosotros, de todos nosotros, si a alguien tiene que coger es a Pedro. A mí no me va a descubrir, porque sólo ve de mí un poco de pelo, y cuando tira de él yo no digo nada. No respiro entonces, como si yo no estuviera dentro de la cama, y escucho sus ruidos. Un gemido ronco como la respiración de un perro, y yo intento que él no oiga mi corazón. Pedro está al lado y sé que al final le verá y se lo llevará, se lo llevará a él, yo sólo soy un poco de pelo y nada más.

Seguimos a Sandra hasta el pasillo. Ella lleva una vela en una mano y la caja de cerillas en la otra. Nosotros llevamos la comida. Caminamos a oscuras y por entre los ronquidos de la abuela, que traen el sol del salón y explotan a nuestro lado. El que peor lo lleva es el del plato con el vino (como Dios no tiene boca no puede beber de un vaso como todos). Al que le lleva el vino a Dios se le cae un poco que luego tiene que limpiar del suelo o que le mancha la ropa y hace que se ponga nervioso cuando mamá o la abuela u cualquiera de las tías huele y pregunta ¿quién ha tirado un poco de vino? Caminamos con mucho cuidado y Sandra se impacienta y nos hace gestos con la mano y alguna vez tira de nosotros. Sandra come a veces en la mesa de los mayores, cuando alguno de los tíos no ha venido, y entonces ni siquiera mira para nosotros. Y cuando está en la mesa con nosotros hace de mayor, nos regaña y nos dice lo que hay que hacer y lo que no, quejándose siempre si no le hacemos caso y si no le obedecemos en todo lo que dice: se cree mayor. Aunque, al fin y al cabo, Sandra es la que habla con Dios.

Llegamos a la puerta del desván y levanta la mano. Nos paramos todos, agolpándonos alrededor de ella. Pedro empuja como si le pillara de sorpresa, pero ya sabemos que lo hace para tirar el vino y fastidiar al que está con el plato. Yo ya lo sé y siempre intento que no vaya detrás de mí, porque si no se tirará encima de mí para que se me caiga todo el vino y Sandra se enfadará. Sin vino de nada vale ir a ver a Dios. Pedro sabe hacerlo para nunca llevar el vino, siempre me toca a mí. Debo impedir que se ponga tras de mí. Sandra se detiene y con mucha lentitud le pasa la vela a Marta o a Flora. Abre la caja y saca una cerilla. La enciende, a la primera. Pocas veces tiene que frotar más de una vez. Yo miro cómo lo hace. Rasca con fuerza, el dedo casi apoyado en la cabeza del fósforo, parece que se va a quemar, pero nunca se quema. Yo creo que no podrá hacerlo, que no logrará encenderla o que no retirará el dedo a tiempo y miro para saber cómo hacer para encender el fuego y tener el dedo a salvo, estirado a la suficiente distancia de la llama. Miro, igual que cuando mamá o la abuela encienden la cocina o la estufa o cuando alguno de los tíos fuma. Observo cómo ponen el dedo, y la cerilla, y la caja con el rascador, y cada uno lo hace a su manera, pero algo hay en común entre todos ellos porque siempre cada uno y todos, el dedo, la cerilla y el rascador de la caja, en todos, cada uno, según cada uno en su posición, tiran de la cerilla hacia sí y retiran el dedo, en un momento sin que nunca logre descubrir qué es eso, qué hay que mover para no quemarse y que el dedo se mantenga a salvo a la llama. Sé que es algo que Dios no podría hacer y que Sandra en cambio sí lo sabe hacer. Quizá Dios no tenga dedos o manos, o para él eso de la cerilla sea un truco y nada más, y Él sabe cómo encender luz sin cerillas. Pero ahora Sandra enciende porque si no, no hay quien suba por las escaleras del desván. Llena de luz el pasillo y a todos y chispean los ojos húmedos y brillantes de Flora como dos carbones llenos de fuego; los dos ojos de Flora, mirando la llama que firmemente sostiene la mano de Sandra.

Sandra levanta la cerilla y deja que el fuego se deslice por toda la madera, la acerca al cabo de la vela, la enciende, y la llama se convierte en la luz de la vela, una luz menos brillante pero no tan temblorosa. La llama de la cerilla nunca sabes cuando te va a dejar a oscuras, mientras que la de la vela no tiene porqué apagarse. Por eso yo vigilo la mano de Sandra y escucho, allá arriba, el gorgoteo ansioso al que nadie quiere prestar atención.

Sandra pasa la vela a la mano izquierda y comienza a recolectar nuestras ofrendas, siguiendo un orden riguroso. Primero Marta, Flora, luego Pedro. Con un equilibrio del que ninguno de nosotros seríamos capaces, aprisiona con seguridad todo entre los antebrazos y el delantal. Finalmente, me coge con la mano derecha el plato del vino y con la rodilla empuja la puerta del desván y entra para encontrarse con Dios. La luz dibuja los peldaños de madera, perfila las arrugas y las grietas de las paredes y crea un baile de fantasmas que, jugando con la figura de Sandra, convierte su sombra en barco con las velas desplegadas, payaso, hipopótamo, bruja volando con escoba, árbol agitado por el viento. Y así hasta que, sin darnos cuenta, nos vemos otra vez rodeados por las tinieblas del pasillo, que ahora son aún más negras porque los ronquidos de la abuela no llegan y mientras tanto nos imaginamos qué es lo que podría estar pasando allí arriba, y esperamos con el corazón en un puño, sobrecogidos sin saber si será Sandra la que baje o si será eso que ahora oímos cómo sorbe el vino lo que baje en lugar de Sandra.

Cuando salimos de casa jugamos a los comandos. Con el permiso de los mayores nos perdemos entre el bosque y el río. Divididos en ejércitos luchamos entre nosotros. Rojos contra azules o chicas contra chicos o indios contra americanos. A mí no me gusta formar parte de ningún equipo sino ir de por libre. No tener a nadie a quién obedecer, ni dar órdenes a nadie. Ni siquiera luchar contra un bando en particular, sino atacar a unos o a otros, siempre sorprendiendo, cuando menos se lo esperan. Me gusta luego perderme del juego y caminar sin más compañía, hasta la orilla del río. Colgarme las botas al cuello y meter los pies descalzos en el agua. Una día Pedro me pilló. Empezó a correr, gritando. Yo le tiraba piedras. Me castigaron entonces sin poder salir. Aproveché que nadie me vigilaba y robé una caja de cerillas. Nadie se ha dado cuenta, y no creo que me sea difícil hacerme con el cabo de una vela. Me acerco a la cama de Pedro por la noche. Espero a que se haya dormido para acercarme a su cama y mientras tanto remuevo mi lengua hasta tener la boca llena de saliva. Pongo mi cabeza sobre la suya, sin despertarle, y le cierro la nariz para que abra la boca. Entonces yo abro a la vez la mía y litros de mi saliva caen y pasan por entre sus labios abiertos. Él no se despierta. Parece saborearlo. Levanto la cabeza. Marta duerme, Flora tiene los ojos abiertos y lo ha visto todo. Le hago un gesto con el dedo sobre los labios y ella dice que sí con la cabeza. Entonces me vuelvo a mi cama y hasta la noche siguiente, otra vez, y así siete noches. Flora lo ve todo pero por el día jamás comentamos nada.

Donde nadie me pueda descubrir practico con las cerillas. Al principio tengo miedo de llegar a quemarme. Retiro el dedo demasiado pronto, sin hacer fuerza de verdad. Otras veces la cabeza de la cerilla se rompe y cae rodando bajo el armario. Abro la ventana para que nadie huela nada. Apilo cerillas sin cabeza y cabezas sin cerilla y forman todas un buen montón. Pero aún hay más cerillas nuevas. Seguimos acompañando a Sandra hasta la puerta del desván, y desde allí ella sigue sola para encontrarse con Dios. Dios canta. Lo oigo cuando estoy a solas intentando encender las cerillas. Su canto es sin palabras, es un gemido bronco. Me detengo, dejo de respirar, Él canta su canción. Sandra no ha dicho nada. Ninguno de los demás lo ha dicho. Creo que ellos no oyen nada. Creo incluso que ellos no creen que exista Dios. Pedro dice que su padre dice que Dios no existe. Pero entonces, ¿por qué vamos a la iglesia? Pedro se encoge de hombros. Es todo un invento de los curas. Por eso dicen que Dios existe, para que siga habiendo gente que va a misa. Pero eso es una estupidez. ¿Acaso no he visto a Dios en la iglesia? ¿Acaso no le oigo todos los días removiéndose en el desván? A veces dudo de que Sandra misma crea en Dios.
Le he insistido a Sandra pero no quiere ni hacerme acaso. Lleva tres días sin subir al desván. Se escuchan los ruidos allá arriba, sobre nuestras cabezas. Pisadas nerviosas, golpes furiosos. Dios se remueve allá arriba mientras la comida se pudre acá abajo. Tengo miedo de que descubran dónde la guardo. Enciendo las cerillas, lo intento, no acabo de conseguirlo, pero creo que ya me queda poco para lograrlo. He robado más cerillas y más cabos de vela. Los demás parecen haberse olvidado de Dios. Entonces el pueblo empezó a llenarse de soldados y en las casas se hablaba en voz muy baja. De vez en cuando se oía algún llanto y a alguien que mandaba callar. Los tíos se han ido. Y con ellos Marta, Pedro, Flora. Y finalmente Sandra. Se lo pedí antes de que se fuera. Pero ella no quería oírme ya. Sólo quedamos yo y mamá y la abuela, sentada en el sillón grande del salón. Ya no ronca, mira por la ventana, cubriendo con los visillos el cristal. Mamá se retuerce las manos. Arriba el grito de Dios es cada vez más inaguantable. Me cubro los oídos con las manos, aún lo oigo. No soporto dormir a solas. Por eso mamá duerme desde hace unas noches en el cuarto, en la cama de Sandra. Abro los ojos y, sea la hora que sea, ella está con los ojos totalmente abiertos, llenos de lágrimas. Yo me escondo aún más entre las sábanas, quisiera decirle que hiciera lo mismo, pero no queda tiempo. Entonces sueño con papá.

La comida se pudre, no se puede dejar pasar más tiempo. Al principio tiraba lo que se iba estropeando y reponía lo que tiraba con comida nueva. Cada vez es más difícil conseguir comida. Yo podría pasarme sin comer para que Dios tuviera para él, pero ahora somos menos en la mesa. Nos sentamos juntos los tres en la mesa de los niños. De vez en cuando logro esconder algo entre la ropa, pero la mayor parte de las veces mamá está pendiente para que me coma todo. Yo veo cómo su plato está menos lleno de día en día, mientras que en el mío no falta de nada. Come ahora, aprovecha, me dice. ¿Qué va a pasar?, le digo. Come, come ahora, me dice. Pero ella no sabe que lo hago por todos, porque alguien tiene que contentar a Dios. Yo escucho por la noche cómo los pasos avanzan cada día un poco más. Primero bajaron tímidos la escalera del desván. Ahora lo hacen en un santiamén y poco a poco van recorriendo más pasillo. Cada vez queda menos para que llegue hasta la habitación. No tardará mucho en entrar. Miro a mamá pero ella no comprende nada. Se desespera y dice que cada vez adelgazo más. He escondido también una botella de vino. Se cae una cerilla y yo la cojo. Mi abuela busca la cerilla para encender el fogón. Yo la tengo entre mis manos encendida. Mi abuela me zarandea por los hombros. Mi madre levanta las manos. Yo oigo a Dios. Tengo en mi mano la cerilla encendida. No dejo que me la quiten. Llevo la comida y la dejo al pie de la escalera. Luego el plato de vino, y ahora que no está Pedro no derramo ni una gota. Y finalmente la cerilla y el cabo de la vela. A la luz de la llama el pasillo se hace más largo y me cuesta dar un paso más. La abuela grita, abriendo la boca hasta borrarse de su cara ojos, frente, pelo, todo lo que no fuera boca, boca sin dientes, sólo un agujero grande y rojo. Cubro la llama con mi mano para que el viento que sale de su boca no la apague. Lucho contra el viento, el pasillo. Arriba está Dios, removiéndose. No creo que soporte mucho más tiempo. Va a hundir el suelo del desván.

Mamá se lanza a por mí con los brazos extendidos. Quiere coger la cerilla encendida, pero yo tengo que alimentar a Dios antes de que baje por la escalera y se meta dentro de la casa. Mamá se cae y se convierte en una muñeca rusa. Dentro de mamá hay otra mamá, y dentro otra un poco más pequeña, y dentro un lamento y una lágrima. Yo le digo que lo que hago es por el bien de todos, le acaricio la cara y la dejo en el suelo. Subo al desván. Debo tener mucho cuidado porque lo estrecho de las escaleras me puede hacer perder el equilibrio. Cuando llego arriba no veo a Dios, pero oigo su respiración cansada. No tengas miedo, no debes tenerme miedo, le digo. Pero soy yo quien tiene miedo. Debo apretar las rodillas para no caer. Junto los codos al cuerpo para que no se me caiga lo que llevo para él. Rezo una oración. Padrenuestroqueestásenloscielos. Padre nuestro, padre. En los cielos, padre nuestro. Y le cierro la salida del desván poniéndome delante la puerta. Esto que he traído es para ti. Siento no haber podido venir antes. No le veo, sigo sin verle. Entonces llega como un resplandor la voz de papá, llamándome.

- Laura, Laura. - Pero ya es demasiado tarde.
Me llama
- Laura, sal de ahí. Dame eso.
Me pongo a llorar y mi mano tiembla. Todo se cae al suelo.
Dios también llora, envuelto en un manto de llamas. Me tiende la mano.

 

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Raúl Hernández Garrido es autor de la novela Abrieron las ventanas (Dec. 2009). También ha escrito relatos incluidos en antologías como Poeficcionario, 250 años de Terror y Microantología del Microrrelato. Sobre todo, ha desarrollado una larga carrera como dramaturgo, distinguida con premios como El Espectáculo Teatral, el Lope de Vega, el Born y el Calderón de la Barca. Es guionista y director de los largometrajes Escuadra hacia la muerte, basado en la obra de teatro de Alfonso Sastre (2006) y Antes de morir piensa en mí (2009).

Raúl Hernández Garrido is autor of the novel Abrieron las ventanas (Dec. 2009). Garrido has also written short stories for the following anthologies  Poeficcionario, 250 años de Terror and Microantología del Microrrelato. Above all, Garrido has developed a prolific career as playwright which have received awards from El Espectáculo Teatral, el Lope de Vega, el Born and el Calderón de la Barca. Garrido is a screenwriter and director of the following feature films; Escuadra hacia la muerte, based on the play Alfonso Sastre (2006) and Antes de morir piensa en mí (2009).

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