Interviews


Tuesday, July 6th, 2010

 

Una entrevista con

Rubén Bareiro Saguier

Jason Weiss


Escritor, investigador, combatiente cultural contra la dictadura, Rubén Bareiro Saguier (Villeta del Guarnipitán, Paraguay, 1930) vivió casi treinta años en su exilio parisino antes que el nuevo proceso democrático en su país lo nombrara Embajador de Paraguay en Francia.  Ha tenido una vida literaria singular, mientras que enseñaba y luego trabajaba como investigador en asuntos culturales, sobre todo en el bilingüismo como realidad integral de su país natal. Después de terminar su actividad diplomática en 2003, volvió a radicarse en Asunción.  La entrevista que sigue tuvo lugar en París, el 9 de julio de 1997, en la embajada paraguaya.  Entre sus libros destacan:  poesía, Biografía de ausente (1964), A la víbora de la mar (1977), Estancias, errancias, querencias (1982); cuentos, Ojo por diente (1972), El séptimo pétalo del viento (1984), La rosa azul (2005); la antología Poesía guaraní del Paraguay (1980); los estudios Tentación de la utopía, la república jesuítica del Paraguay (1988) y Augusto Roa Bastos (1988).


¿Cómo ha sentido la ironía de su situación ahora, al encontrarse como embajador de Paraguay en París?

Yo pienso que mi condición de embajador es de un proceso democrático, con el objeto de afirmar ese proceso, de ampliarlo.  Un objetivo por lo cual combatimos siempre, los que estuvimos contra la dictadura, fue el tener el derecho de representar al país, que puede hacerlo, y sobre todo ejercer un deber de ciudadano después de haber combatido tanto.  Es una consecuencia natural para mí, y un poco una revindicación en cierto sentido después de los largos años de exilio.  Entonces yo veo eso como un síntoma de lo que queremos para un país pluralista, y por eso estoy aquí.  No es fácil para un escritor que todo el tiempo estuvo contra un régimen dictatorial.  Felizmente eso ha cambiado y por eso he aceptado esta tarea.  Digo no es fácil porque París es una especie de gran pulpo, del punto de vista de la actividad que uno desarrolla en esta ciudad maravillosa.  Yo estoy en París desde el ‘62.  Durante los primeros diez años fui un exiliado de hecho, con vueltas esporádicas al país.  En el ‘72, en una vuelta al país, estuve preso.  Ya conocí la prisión de antes de venirme.  Y después de una campaña muy intensa de escritores de todo el mundo, desde Jean Paul Sarte, Simone de Beauvoir, Jean Genet, todo el Boom latinoamericano, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, y la asistencia del gobierno francés, desde el Vaticano---era acusado de comunista, una cosa absurda, si yo hubiera sido lo asumiría, nunca fui---entonces me duré cuatro meses en prisión, luego volví aquí.  Ya con el exilio durante casi veinte años no podía regresar.  En el ‘89 yo volví, pero con misión del CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique).  Aparte de profesor, ya desde el ‘82 fui chercheur, directeur de recherche en el CNRS, un puesto privilegiado, digamos.

En el ‘89 hubo el golpe.

Sí, un cambio al nivel militar, pero con presión popular en cual Stroessner fue derrocado, felizmente---después de casi treinta y cinco años, la dictadura más larga en América Latina.  Bueno, para mirar adelante.  Allí trabajé mitad-mitad, volví a París por lo menos seis meses, así cada año, hasta ‘94.  En ‘94 se me propuso la Embajada en Francia.  Y a veces yo hablo sinceramente con nostalgia de cuando era un profesor o un investigador CNRS porque ahora estoy mucho más ocupado.  ¡Ni mi siesta puedo hacer!  Como paraguayo originario del campo, yo había nacido en un pueblecito del interior, me gusta la siesta.  Hace parte de mis hábitos ancestrales.  Pero sigo, acepté también por esa especie de atadura que uno tiene con esta ciudad.

¿Seguirá en su puesto después de las elecciones, si puede?

Yo quiero volver a mi país a trabajar, hay mucho que hacer en nuestros países. En mi país en particular, está saliendo de una larga dictadura, hay todo para hacer.  Yo mucho trabajé en ese lapso, del ‘89 hasta ‘94, en la reforma de la educación.  Sobre todo en la parte de enseñanza bilingüe.  Inclusive tuve la suerte de ser diputado convencional para la reforma de la constitución nueva en la cual fui proponente de la enseñanza bilingüe en el país entero y de la oficialización del guaraní al lado del español y al mismo nivel.

¿Entonces no se enseñaba el guaraní?

Se enseñaba en el nivel secundario cuando ya era tarde.  Porque entonces los que podían llegar al secundario, gente de familia acomodada, tomaban rabia contra una lengua que no conocían y que se les enseñaban por una forma compulsiva también.  Yo siempre critiqué eso, porque era un argumento tramposo, demagógico de la dictadura.

Era una manera de despreciar la lengua.

Exactamente.  En el fondo había un desprecio y una manera de hacer que la clase dirigente estuviese aun más en contra de la lengua.  Y es un combate que yo asumí desde siempre, porque yo fui desde mi infancia bilingüe y vi en mis compañeritos la tristeza por no entender lo que se quería enseñar en una lengua que no conocían, que era prohibido usar en el aula.

Pero casi todos la hablaban, ¿no?

Claro.  Esto fue lo notable.  Nos castigaban en el aula, pero la misma maestra que nos había castigado, al salir al recreo ya hablaba con nosotros en guaraní también.  Era una cosa muy particular de un país evidentemente bilingüe que pese a que la lengua ameríndia, la lengua indígena, el guaraní, estaba marginado de la enseñanza, pese a eso sobrevivió como una lengua viva, evolucionando y adaptándose.  La maravilla fue el fervor popular mestizo.  Sobre todo, la tarea de la madre que era la indígena originalmente que enseñó su lengua, el guaraní, al niño, porque era ella que se ocupaba.  Y eso fue un constante en la historia, la lengua materna en el sentido propio y figurado.

Como embajador, ¿ha logrado todavía escribir ahora?

Escribo mucho, pero informes, notas, discursos . . .  Pero no, he impuesto un régimen también de preservar mi propio espacio de tiempo para mi escritura personal.  Entonces yo me levanto temprano, en mi tradición campesina, y entre las seis, seis y media, hasta las diez que comienza la tarea de oficina, estoy escribiendo siempre.  Estoy tratando de concretar un volumen de cuentos y otro de poemas, son los dos géneros que más cultivo.

Desde siempre ha escrito los dos, ¿no?

Desde siempre.  Es decir, yo comencé con la poesía---y el ensayo, la crítica literaria---pero después en la preocupación de mi oposición a la dictadura necesitaba un discurso más directo que me daba la narrativa, el cuento en este caso.  La prueba es que yo fui apresado por un libro de cuentos, Ojo por diente, en el último apresamiento en el ‘72.  “Autor de un libro de cuentos premiado por Fidel Castro que difunde el comunismo internacional”---un absurdo policial.

¿Fue la razón?

Fue una de las razones.  Y la otra, la principal, era la intimidación a los intelectuales paraguayos adentro.  “Si este señor que está afuera, está enseñando en la universidad de París, puede ser apresado, ¡cuídense Uds.!”  Y fue una cosa muy hermosa para mí, emocionante, ver la reacción también de mis colegas paraguayos---con riesgo de su propia suerte hicieron manifestaciones, publicaron cosas, y fueron expulsados de los sitios donde enseñaban algunos.  Fue un elemento también de afirmación de la cultura frente a la dictadura.

Para trazar un poco de biografía desde antes de París, ¿a qué edad llegaba a la ciudad después de vivir al campo?

Yo hice la primaria en el campo, en el pueblo donde nací que se llama Villeta del Guarnipitán, al borde del río, una ciudad mítica en mi imaginario, de cuya historia muy ligada a la mía se nutre mi escritura esencialmente, sobre todo la narrativa.  A los once años me fui a la capital para hacer la secundaria porque no había en mi pueblo una secundaria, y me sentí en una ciudad extraña.  Pero ya me quedé, allí hice mis estudios, hice la facultad de derecho después porque la de letras no era en esa época una profesión seria.  Y además mi padre había iniciado derecho y no terminó, él quería que yo tuviese una carrera---era un poco en homenaje a ese gran señor, estaba muy admirado mi padre, un hombre íntegro y un luchador con quien yo aprendí la dignidad.  Terminé derecho pero al mismo tiempo ya comencé la de letras.  También soy abogado, ejercí muy poco, en una dictadura un abogado casi no puede hacer nada.  Y en letras me dediqué a la cátedra, allá enseñé, inclusive en la universidad, y cuando ya no podía respirar, cuando ya veía que me ponían policías en civil en mi curso para espiarme, entonces me vine con una pequeña beca aquí.  Porque todo ese lapso de mi actividad universitaria en Paraguay fue un lapso muy lindo, aprendí mucho.  En las cárceles, sobre todo.  En realidad, mi oposición fue cultural---la cultura para un régimen como ese que tuvimos es justamente subversión.  Y tienen razón.  Entonces yo fui dirigente universitario y por allí mi apresamiento largo, más de treinta apresamientos en las cárceles más horribles o en las secciones policiales de Asunción.

Y la sensibilidad a la literatura, el deseo de escribir, ¿de dónde vino eso?

Eso es de toda mi vida.  Desde niño inclusive los pequeños cuadernos en las siestas, el calor intenso con el sonido de las cigarras, yo estaba allí, ya tenía mis apuntes.  En el colegio naturalmente, y después fundamos (en 1955) con un compañero de generación una revista que duró muchos años, Alcor, la expresión generacional de mi grupo.  La revista Alcor tuvo 52 números, no muy regulares porque eso era una aventura, hermosa aventura, y quedó en la historia como la revista que duró más tiempo.  Inclusive después de venir acá siguió la revista, yo la dirigía desde aquí con un equipo que había estado allá, así fue una cosa muy linda, una expresión de fuerza, de rigor, de resistencia cultural frente a la indignidad de una dictadura atroz.

¿Fue en castellano o bilingüe?

En castellano.  Teníamos cosas en guaraní pero en forma esporádica.

Esto de la literatura, ¿había una atmósfera familial?

Sí, familiar, por lo menos un estímulo.  El orgullo de mi padre, de mi madre, de saber que yo escribí, allí siempre me sentí muy acompañado y estimulado.

¿Tuvo Ud. un sentido de si mismo como alguien diferente antes de venir acá?

Cuando yo vine ya era profesor.  Pero vine como becario, hice mis cursos en la Sorbona, sobre todo para aprender un poco la metodología francesa del análisis, de la explicación de texto, y todo esta cosa, que me fueron muy útil.  Yo en Francia aprendí el rigor cartesiano del pensamiento y de la expresión.  Aprendí mucho a hacer más rigor en la expresión, más económica.  Y más eficaz, en consecuencia.

¿Cómo entró Francia allá en su vida o en su ámbito?

Francia a mí me marcó muchísimo.  Es mi secunda patria.  Notablemente, como referencia en mis obras casi no hay, pero claro lo vivía yo.  Entonces es la recuperación de aquello que estaba lejos.

Pero aun antes de vivir acá, ¿qué le hizo pensar en Francia?

Por el lado de mi madre yo soy Saguier, un apellido bien francés, del que fue el primer consul en el Río de la Plata.  Pierre Saguier.  Después tenía un tío tártarabuelo, Cándido Bareiro, que fue embajador aquí en 1864 a ‘68.  O sea que tenía dos antecedentes así y yo tuve occasión de aprender el francés en el liceo.  Bueno, todo eso, muy francófilo en mi familia, por el lado de Saguier, por el lado de la admiración propia, mi madre era una admiradora de Rubén Darío, gran francófilo.  Entonces, esa tradición me marcó mucho, y luego aquí tuve la suerte de vivir una época de oro en la literatura de Latinoamérica y de ser un amigo personal y compañero de aventura de todo ellos.

¿Y el famoso mito de París ha jugado en su imaginario antes de venir?

¿Cómo no?  Sobre todo, antes de venir.  Después, he asumido.  Eso es lo interesante.  Yo no me sentí aquí con esa especie de admiración beata y cantar a París por cantarla.  Me sentí bien en París.  Fue también un escenario propicio para mi realización en tanto que escritor, que hombre de cultura.  Y después, es una ciudad hermosa donde hay un clima de libertad y de estímulos espirituales que yo reconozco que mucho me ayudó, mucho me impulsó.

Después de llegar acá en 1962, ¿se acuerda cómo fue al principio al llegar?

Yo fui un estudiante más, casi anónimo, pero muy realista.  Por ejemplo, me voy a l’Institut des Hautes Etudes d’Amérique latine y hablé, “Yo soy director de la revista . . . ” “Ah, ¡es Usted, bueno!”  Entonces, con la inocencia de la época, un joven que viene, me voy a verlo sin pedirle rendezvous al director del Collège de France, Marcel Bataillon, gran señor.  “Y Usted, ¿quién es?” me dice la secretaria.  “Yo soy un escritor paraguayo.”  “Pero, ¿pidió Ud. una entrevista con Monsieur Bataillon?”  “No, yo vivo acá cerca.”  “Bueno, voy a preguntarle.”  Me recibió casi una hora Marcel Bataillon.  ¡Para mí fue una lección saliendo después quién era ese personaje, y lo difícil que era entrevistarlo!  Así poco a poco se me fueron abriendo las puertas.  Tuve la suerte de estar en un país que nunca me pidió que fuese francés para ganar mi espacio.  Y el guaraní me ayudó en cierto sentido, porque mis contactos con el profesor Bernard Poitier que era gran especialista de lenguas ameríndias, el que inció en Francia esos estudios.  Allá comenzaba con el guaraní, yo le traje una serie de grabaciones--por casualidad, me dieron para él, me recibió y entonces cuando él viene a la Universidad de París X, Nanterre en la época, me invita a ayudarle.  Y así comienzo a entrar--soy lector, después del ‘68 cuando se crea el centro de Vincennes, París VIII, soy assistant, luego voy a maitre de conférences, y vuelvo a París VIII como profesor.  Y allí me presento al concurso en CNRS y lo tuve.

Entonces, ¿casi todo el tiempo enseñaba acá?

Enseñé hasta el ‘82, y después ya fui investigador.  Que es un puesto privilegiado--no tenía ni oficina, ni patrón, ni horario, trabajaba en mi casa para hacer mi proyecto de investigación.

¿Qué hacía a partir de ese momento?

Me dediqué a eso pero tenía seminarios.  Por ejemplo, para doctorados de América latina y otros.  Una labor intensa, porque ese era también el cometido del cargo de director de recherche, la parte de dirigir tesis, el de difundir el tema sobre cual uno estaba, participar en coloquios, en conferencias.

¿Entonces qué hacía como investigación personal?

Terminé mi doctorado sobre la literatura guaraní y la literatura paraguaya, un proceso colonial, eso fue el tema.  Y mi investigación fue sobre eso, para la opción bilingüe, para la opción del guaraní como la lengua del país junto al español.

Ha hecho varias antologías de literatura también acá.  ¿Cuales son?

De cuentos latinoamericanos hay dos antologías, en francés.  Después hay una antología de poesía paraguaya del siglo XX en castellano.  Y ahora está por salir la antología de la poesía guaraní en bilingüe, guaraní y la traducción que yo hago con un compañero de generación, Carlos Villagra Marsal, y francés.  Nosotros traducimos al español y una porcentaje traducida al francés.  Pero de todas maneras yo hice una recopilación en la colección Ayacucho de Caracas, literatura guaraní de Paraguay.  Hicieron parte de mi tarea, esencialmente de mostrar los valores existentes de una cultura oral, a predominancia oral, pero que no puede seguir siendo oral porque siempre la oralidad es una dimensión muy rica pero frágil.  Hay que dejar el testimonio.

¿Y cómo se percibió eso acá?

Sobre todo al nivel universitario, pero también después cundió más allá.  Porque con el profesor Poitier justamente, en la Universidad de París VIII, creamos una cátedra de lenguas ameríndias.  Me tocó el guaraní, enseñé guaraní, y había el nahuatl, el quechua.  Sigue la cátedra, pero desde que entré en el CNRS ya no podía enseñar regularmente.  Entonces lo que fue mi asistente, hizo una tesis sobre el guaraní paraguayo, ahora está ocupándose de la cátedra.  Hubo muchas tesis sobre el guaraní a partir de eso.

En los años 60 y más tarde, tuvo muchas amistades entre los escritores latinoamericanos.  ¿Se desarrollaron sus amistades de cierta manera, comenzando por los paraguayos por ejemplo?

Claro, con los paraguayos era natural, era un paso más breve lo de mis compatriotas al nivel de cultura.  Pero con los que vivían aquí o que venían por un tiempo, me acuerdo de los primeros que conocí por amigos comunes fue Vargas Llosa.  Hicimos una linda amistad, siempre con Mario hasta ahora somos amigos.  Con Cortázar, muy amigos hasta su muerte.  Nos llamamos con mucha frecuencia, pasamos un grupo de latinoamericanos en una región muy hermosa, en Provenza, donde él tenía una casa en Saignon.  Hacíamos grandes asados, nos reuníamos . . .  Con Carlos Fuentes, con Gabriel García Márquez a quien conocí en Caracas pero acá después vino mucho y sobre todo un verano en que nos veíamos todos los días porque había poca gente.  Con Severo Sarduy.  En fin, con todo el equipo del mal llamado Boom, la nueva narrativa, y con los poetas también.
 
La experiencia de ser un extranjero, de las afueras, ya la sentía un poco cuando mudó a la capital, a Asunción.  ¿Pero cómo la sentía en venir acá?

Yo siempre dije que para mí ese hecho de ir de mi pueblo natal a la capital fue el aprendizaje del exilio.  Porque después aquí me sirvió mucho.  Y es cierto, pero París tiene ese milagro de no rechazar a los que eligen o a uno que se adapta y puede entrar, entonces no fue un dépaysement, una manera de perder lo mío, si no de ahondar en lo mío.  Yo cité el caso del profesor Bernard Poitier que era linguista, pero había un gran antropólogo que murió joven, que hizo estudios de cultura guaraní, y su tesis era sobre el sistema del estado, la sociedad contra el estado, Pierre Clastres.  Publicó dos o tres libros muy importantes, y él también, sus trabajos me afirmaron en mi orgullo de ser bilingüe, bicultural.  Y todo eso hizo que me sintiera bien en el medio.

Como escritor, ¿cómo fue publicar desde acá o tener un sentido de público, de lectores desde acá?

Confieso que tuve suerte.  Por ejemplo, ese libro de cuentos, Ojo por diente, que fue el libro por el cual me metieron preso, porque había ganado el premio Casa de las Américas, en ‘71, entonces era muy prestigioso.  Ese libro salió primero en la traducción francesa.  Porque cuando allá me gané el premio, un poco tiempo después hubo el apresamiento de Padilla.  Y entonces firmamos una carta, una serie de escritores latinoamericanos, pidiendo su libertad.  Entonces mi libro quedó . . . la primera edición en español es de Venezuela, Monte Avila.

¿Nunca salió en Cuba?

Sí, sí, salió con tres años de retraso.  Después del caso.  Se arregló el asunto Padilla.

¿Pero no tenían resintimientos contra Ud. de firmar la carta?

Inicialmente sí, se dejó al lado el libro.  Yo dije no, yo estoy contra la represión a la cultura, a un escritor.  Después salió una edición en Plaza y Janes, y luego una edición uruguaya.  Y ahora va a salir en Paraguay.

Por la primera vez.

Claro, era un libro maldito.  Pero enfin, fue un estímulo.

El hecho de estar acá, ¿había sentido algunos cambios en su escritura?

Sí, en ese aspecto que yo le había dicho, de un cierto rigor.  En eso reconozco que me ayudó muchísimo.  Y en la publicación también, allá la edición es muy difícil en Paraguay, sobre todo era bajo la dictadura. Desde aquí comencé a publicar los libros.  Mi primer libro aparece estando ya aquí yo, Biografía de ausente (1964).

¿Y la distancia ha entrado de alguna manera?

Sí, en el sentido de afirmar, de recuperar por la palabra lo que se me negaba por la misma vivencia.  Eso me incentivó y incentivó la fuerza de mis raíces.  Y tuve la suerte como digo en la cátedra de siempre eligir lo que a mí me gustaba como tema para mis cursos.  Siempre eligía temas de la región, de Paraguay, como era literatura y civilizaciones, y el contexto histórico-cultural.

Hablando del exilio, uno piensa eventualmente en la nostalgia.  ¿Cómo la ha sentido?

La he sentido mucho.  Había tardes cuando el gris del otoño, del invierno parisino, incitaba alguna canción que uno sentía que iba a llorar.  Esa nostalgia es uno de los elementos peligrosos en la escritura, porque desdibuja un poco la visión, la realidad nuestra.  Hay la tendencia a idealizar.  Reconozco que eso fue un elemento con cual tuve que contar alguna vez, si fui consciente traté de impedir que eso interfiera en la escritura mía.  Lo logré o no, eso ya es los críticos los que digan.  En todo caso, me impuso a recuperar mucho de las vivencias, en los cuentos sobre todo, es la gran parte del primer libro, Ojo por diente, que además es un libro muy comprometido con la suerte de mi pueblo, y con todo el elemento de mi infancia que está allí vivo.

Ese fondo de la infancia, ¿lo ha mantenido como fondo siempre o más en ese momento?

Se intensifica en la ausencia.  Sobre todo cuando uno se da cuenta que . . . los primeros años podía regresar discretamente.  Pero ya cuando me sacaron el pasaporte y esas cosas, entonces viajaba con un título de viaje de las Naciones Unidos que me dieron, valió para todos los países menos Paraguay.  Entonces eso era una especie de constatación de mi exilio, la imposibilidad del retorno.  Y eso jugó mucho, por qué no, sobre todo en alguien para quien el papel y una pequeña frase simbólicamente significa demasiado.

¿Siente que París queda un lugar donde muchos latinoamericanos vienen?

Yo creo que sí.  Me animo a decir que aunque como comunidad se disolvió o se aflojó, como interés o como motivo de paso y de presencia en París, casi se intensificó después.  Y sigue esa misma condición---hay que ver por ejemplo en la Marché de la Poésie, hay varios stands con poetas latinoamericanos, y las presentaciones regulares que hacen de autores latinoamericanos aquí en la Maison d’Amérique latine.

¿Piensa que se puede distinguir exilios diferentes?  Por ejemplo, su caso era voluntario más o menos al principio, y después compulsivo.  Pero el hecho es que para la gran parte de latinoamericanos acá durante muchos años ha sido voluntario.

Es cierto.  Pero las condiciones políticas de esas décadas duras de las dictaduras ayudaron a que fuera menos voluntario.  Gente como Cortázar, por ejemplo, que de voluntario se convirtió en un personaje totalmente prohibido en su país.  Yo creo que hay una diferencia y yo la sentí.  Porque cuando ya no pude volver a mi país, y tuve que ir a mirar desde la orilla enfrente, de Argentina, le juro que eran momentos muy duros, muy intensos, dolorosos.  Yo creo que ese exilio del cual habló Platón como la pena más dura que la de la muerte, yo le doy la razón.  Porque es una muerte en instancia, una muerte inminente y cotidiana y permanente.  Yo cuando volví en febrero del ‘89, ocho días después de que fuera depuesto el tirano en mi país, renací.  Porque la perfección de la pena consiste en que uno muera lejos, ex-ilo, fuera del lugar, de su lugar.  Y yo efectivamente renací, me fui a la euforia.  Allí en el aeropuerto de Asunción habían como trescientas personas, para mi gran sorpresa--unos primos, amigos de siempre, parientes, pero amigos jóvenes nuevos, desconocidos para mí, hicieron la resistencia contra la dictadura.  Muy emocionante.

¿Se mantenía en contacto con mucha gente en Paraguay?

Muy frecuente, porque yo representé aquí al Paraguay la dignidad, políticamente inclusive--hubo un acuerdo nacional, una alianza de cuatro partidos democráticos frente a la dictadura, y yo era el representante en Europa de ese acuerdo.  Y allí yo conocí a las figuras políticas de Francia---al señor Mitterand, al señor Chirac, para dar dos nombres significativos, y todos los de alrededor.  Porque yo trataba también al nivel de político exiliado.

¿Y cómo le recibieron?

Bien.  Cuando yo presentaba mis cartas credenciales como embajador, estaba todavía viviente Mitterand---ya bastante enfermo pero me recibió más de media hora.  Sabía muy bien quien era yo y sabía qué era Paraguay, donde está.  Entonces muy gentil conmigo, me acompañó hasta la puerta, cosa que no hacía, y allí me dio la mano y me hizo unos golpecitos muy latinoamericanos pero no franceses, gestos muy lindos.  Con el presidente Chirac, ya cuando era alcalde . . . hubo un coloquio el año pasado, en ‘96, de líderes indígenas, entonces allí coincidimos y vio que era quizás el único embajador que hablaba con los indígenas venidos de su país en su lengua, y después yo le escribí una carta sinceramente admirado por su intervención, por su discurso.  Y me contestó, y cuando hizo su viaje yo le acompañé, allí hablamos mucho, y a la vuelta me condecoró con el Commandeur de la Légion d’Honneur---fuera del protocolo porque un embajador en funciones no puede recibir eso hasta que termine.

Para volver a lo del bilingüismo, ha hablado del hecho de venir de una “sociedad que privilegia una lengua en detrimento de la otra, esa especie de recriminación por razones lingüísticas.”  ¿Fue por eso que dijo alguna vez que se sentía un escritor colonizado?

Sí, porque yo casi nunca escribí en guaraní.  Pero reconozco la presencia subterránea del guaraní en mi escritura en lengua castellano.  Eso es muy poderoso como en todos los escritores paraguayos, y el fundador de esa corriente, que es un escritor de tres fronteras, es Horacio Quiroga.  Vivió en Misiones en Argentina, frente a Paraguay, en la zona de cultura guaraní---cuando yo releí a Quiroga, me quedé asombrado de él la fuerza que tenía en la escritura, como él la había asimilado no siendo guaraní-hablante.  Publiqué un artículo sobre ese tema.  Fue el primero que introduce los elementos de la cultura y de la lengua.  En la segunda década del siglo, cuando está surgiendo el indigenismo que es una expresión completamente extremista y voluntarista.  El lo hace desde adentro.

Para terminar, ¿siente que su obra se ha desarrollado en una cierta línea a lo largo de estos treinta años?

Yo pienso que los temas son un poco los mismos: el amor, la identificación con mi colectividad, la búsqueda de un sentido casi utópico de justicia, de dignidad, y la constatación de la fuerza y de la flaqueza de yo mismo en tanto que miembro de mi colectividad.  El último libro de cuentos El séptimo pétalo del viento (1984), por ejemplo, temáticamente ya casi no se desarrolla.  Ese es un libro del exilio como el segundo libro de poesía.  Salió en Paraguay y es un libro desconocido, porque no lo permitían.  Ojo por diente nunca se publicó en Paraguay, entraba subrepticiamente.  Y el segundo libro (El séptimo pétalo del viento) se editó allá pero no se distribuyó.  Ahora va a salir una edición de esos libros, son libros casi clandestinos.  Y en los libros de poesía, por ejemplo, hay una parte de un posfacio que yo hago a un libro, A la víbora de la mar (1977), donde noto al final la presencia poderosa del guaraní como estructura, y me reconozco un escritor colonizado por no escribir en guaraní, o por escribir muy poco en guaraní.  Y es la verdad, a nosotros nos condicionaron desde el comienzo, y mi combate es porque el escritor paraguayo elija su lengua de escritura, hacer que haya espontaneamente una elección de cual es la lengua en la cual uno se siente mejor y más cómodo para escribir.

 

END

 

Photo of Bareiro Saguier by Angelia Mejias
www.angelamejias.com

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